La sorpresa del Consejo de Gobierno que ha celebrado hoy el BCE no ha venido por su decisión sobre política monetaria, sino por el anuncio de Christine Lagarde de dejar la presidencia de la institución el próximo 7 de febrero. El BCE ha decidido mantener sin cambios los tipos de interés en el 2,5%, hacer una pausa después de la subida adoptada en septiembre, un impasse sin anuncios de calado que la presidenta ha aprovechado para comunicar su salida anticipada. Pero la calma es solo aparente en la autoridad monetaria de la zona euro. No solo por el intenso proceso que comienza para la renovación de su cúpula sino por las tareas urgentes que siguen ahí: la amenaza inflacionista, que no cesa con las guerras en Irán y Ucrania encareciendo la energía, y la tensión sobre la deuda soberana francesa, que ha llevado a su prima de riesgo a niveles no vistos desde 2011. El avance del PIB surge además como motivo de preocupación y en un tono más suave que en otras ocasiones, el BCE apunta que el efecto de las dos alzas de tipos ya decididas este año “probablemente afectará al crecimiento”.

El BCE ha cumplido hoy con lo que se esperaba. Se toma tiempo —al igual que ha hecho esta misma semana la Reserva Federal— antes de abordar la nueva subida que sí prevé el mercado para diciembre, a pesar de que la energía, el gran detonante para las dos alzas de tipos que el banco central ha decidido desde junio, no da tregua. Su encarecimiento está causando un avance de la inflación que el BCE observa con gran cautela, aún con el recuerdo fresco de la espiral de precios que ocasionó en 2022 el estallido de la guerra en Ucrania y que forzó una apresurado endurecimiento monetario por parte de los bancos centrales. Según detalla el BCE en su comunicado, “los precios de la energía han continuado subiendo, lo que plantea riesgos al alza para las perspectivas de inflación y a la baja para las perspectivas de crecimiento. Aunque los efectos de la perturbación energética aún no se han materializado plenamente, la inflación subyacente se ha mantenido en general estable hasta ahora y los salarios no muestran una respuesta sustantiva en esta fase”.

La inflación en la zona euro ha alcanzado su nivel más alto en los últimos tres años, en el 3,8% según el último dato de septiembre. Y encierra un repunte del 18,8% de los productos energéticos. De momento, y según ha reconocido Lagarde en varias ocasiones y confirma hoy la institución, no se aprecian efectos de segunda ronda. Es decir, el contagio del alza de la energía al resto de sectores económicos, hasta llegar a los salarios. Pero el petróleo, el diésel y el gas natural mantienen su ascenso y cotizan ahora a niveles superiores a los de la reunión del BCE de septiembre, cuando Lagarde avanzó que el mayor coste de la energía va a durar más tiempo de lo previsto. Así, el barril de petróleo está ahora en los 114 dólares, frente a los 100 que rondaban hace mes y medio, y el gas natural en Europa se paga a casi 100 euros el megavatio por hora, el nivel más elevado desde 2022. Con la amenaza persistente de una energía aún más cara, el mercado da una probabilidad del 80% a un alza de tipos en la próxima reunión de diciembre. Pero las expectativas de más subidas se enfrían para más adelante, a medida que también crece la inquietud de que precios más altos pasen factura al crecimiento. “Las condiciones de financiación se han endurecido desde la última reunión del Consejo de Gobierno, lo que probablemente afectará a la inflación y al crecimiento”, añade el BCE en su comunicado.

La guerra en Irán y sus devastadores efectos económicos lleva ocho meses acompañando al BCE en sus decisiones, si bien en la reunión de hoy hay un elemento nuevo imposible de ignorar para el banco central, a pesar de que el banco central no lo mencione en su comunicado. Los inversores llevan largo tiempo desconfiando de la capacidad de Francia para ajustar sus cuentas públicas y reducir su elevado déficit, pero su presión se ha desbordado en las últimas semanas, en que el súbito aumento de la prima de riesgo francesa ha coincidido además con graves disturbios y descontento social en el país. El diferencial que exige el mercado por comprar un bono francés frente a uno alemán ha llegado a tocar los 175 puntos básicos, máximos desde 2011, contagiando en su ascenso a la deuda soberana italiana. Y el bono francés a una década ha superado el 5% por primera vez desde 2022.

Los inversores coinciden en que, pese al castigo sobre los bonos galos, la situación no es comparable a la de la crisis de deuda del euro, la que obligó a un estímulo monetario sin precedentes por parte de Mario Draghi. Pero tampoco puede ser ignorada por el BCE, que también ha de velar por la estabilidad financiera de la zona euro y evitar la conocida como fragmentación financiera, el mal por el que el coste de financiación es muy distinto entre unos países y otros pese a que todo el club cuente con un mismo nivel de tipos de interés. La pausa en los tipos de interés sin duda ayuda a no agravar la tensión sobre la deuda soberana francesa, con la prima de riesgo ahora en los 150 puntos básicos. Y un tono que no anticipe nuevas alzas de tipos, sin duda ayudaría aún más, sin necesidad de que el BCE recurra a la intervención directa en el mercado a través de la compra de deuda. “Aumenta la presión sobre el BCE para que relaje gradualmente el tono restrictivo de su política monetaria. La ampliación de los diferenciales soberanos está endureciendo de forma desproporcionada las condiciones de financiación en los Estados miembros con una posición fiscal más débil. Aunque seguimos considerando que la opción de intervención del BCE está muy fuera de juego, la presión sobre el banco central es claramente cada vez mayor”, señala Lars Conrad, director de renta fija en la gestora alemana Flossbach von Storch.

Source: El País · Nuria Salobral

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