El lugar de trabajo de Isabel Díaz Ayuso se ha convertido en motivo de especulación, como le ha ocurrido antes con las relaciones personales o la supuesta ambición por entrar algún día por la puerta de La Moncloa. La presidenta de Madrid es seguramente la política española más expuesta a la opinión pública por su ejercicio diario de acaparar la atención. No hay charco al que no se lance, ningún tema que le resulte ajeno. Sus explosivas declaraciones contra sus rivales impactan como golpes secos. Un lector medio informado puede desayunar, almorzar y cenar Ayuso. Sin embargo, adivinar en qué espacio opera a día de hoy no resulta sencillo.

El destino del despacho de la presidenta forma parte de una trama de enredo que adquiere tintes cómicos a medida que avanza. Todo empezó con la compra en abril de un ático en Chamberí y ha acabado con la presidenta sin despacho fijo en el presente. A principios de esta semana, Ayuso tenía pensado marcharse temporalmente de la sede principal, la Real Casa de Correos, un imponente edificio levantado en mitad de la Puerta del Sol. Lo hacía, en teoría, por las molestias que ocasiona la acampada de los que protestan por la crisis de la vivienda. Se cuentan por miles y ya han copado toda la plaza con sus tiendas de campaña. Las caceroladas a veces empiezan a las nueve de la mañana y finalizan entrada la noche.

El acceso principal al edificio ha quedado bloqueado. La Policía ha creado un perímetro de unos cuantos metros alrededor, que permite que las autoridades, como Ayuso, o los empleados entren y salgan por las puertas de las calles adyacentes. Los funcionarios se quejan de que el ruido les genera jaquecas y de que en ocasiones les insultan o les siguen hasta el metro. La presidenta de Madrid es uno de los principales blancos de la ira de los jóvenes que se instalaron en la plaza tras el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años que murió dos semanas después. “Sol no reúne las condiciones necesarias, especialmente de seguridad, para llevar a cabo el trabajo institucional”, explicó un asesor de la máxima confianza de la presidenta. De la seguridad de Sol debe ocuparse la policía, o sea la Delegación del Gobierno. Eso, en estas circunstancias, decían, no estaba garantizado. Por eso, ya se estaba acomodando otro espacio en alguna de las instalaciones que tiene el Gobierno por toda la ciudad.

Se buscaba otro despacho y otro salón para recibir a autoridades y celebrar reuniones con su consejero. Más tarde, la gente de la presidenta deslizó un matiz: la seguridad no estaba garantizada para visitas y actos, pero sí para la presidenta y el personal. Entonces, ¿el traslado seguía adelante o no? En principio, sí. Durante los dos siguientes días los medios especularon —no había otra manera— sobre si la presidenta seguía trabajando en Sol o ya se había marchado. El miércoles se produjo el primer decalaje. Los periodistas, como todos los miércoles, esperaban al portavoz del Gobierno, Miguel Ángel García Martín, que ofrece una rueda de prensa después del Consejo de Gobierno.

García Martín es un tipo sobrio y puntual. Ese día, sin embargo, se retrasó 20 minutos. ¿El motivo? El Consejo de Gobierno se había celebrado en las instalaciones del Canal por sorpresa, sin avisar. Ese es el tiempo que tardó el consejero en desplazarse de un lugar a otro, seguramente por culpa del tráfico. ¿A partir de ahora allí se reunirá el consejo, que viene a ser como el consejo de ministros que se celebra en La Moncloa? No necesariamente, dependerá. Los asesores de Ayuso explicaron que el consejo se celebra a veces en otras localizaciones y nunca se ha puesto en cuestión. En realidad, se hace así para llegar a otras ciudades o pueblos y demostrar que la presidenta no solo gobierna desde una torre de marfil, sino que visita sitios lejanos —todo lo lejano que se puede ir en una región tan pequeña como esta—. Pero irse al barrio de al lado, ¿para qué?

Esas horas del miércoles fueron confusas. Javier Milei, el presidente argentino, esperaba a la presidenta. Él había incluido en la agenda de su visita a España una reunión con ella, que debía tener lugar apenas unas horas después. El gabinete de la presidenta no terminaba de confirmar el encuentro, que resultaba incómodo para el PP. Milei, rey de los recortes, el señor de la motosierra, aterrizó en precampaña electoral, cuando la derecha no quiere asustar a los españoles con la bajada de las pensiones. Solo Ayuso lo recibió oficialmente y se fundió con él en un caluroso abrazo. ¿En la sede oficial? No, en Canal, donde había celebrado la reunión con sus consejeros. ¿Eso quiere decir que oficialmente el Gobierno de Madrid ya despacha allí? No necesariamente, dicen los asesores de más alto rango.

“Se irán combinando las sedes en función de las necesidades”, explican sin entrar en más detalles. El viernes la presidenta, por ejemplo, trabajó en Sol. El lunes, quién sabe. Para encontrar el origen de toda esta itinerancia hay que remontarse a los últimos días de julio. El 29, EL PAÍS publicó que la Comunidad de Madrid, a través de una empresa pública que opera como privada, adquirió un ático de 6,3 millones de euros. Esa operación estaba oculta, era irrastreable. Al preguntar, desde el Gobierno dijeron que ese inmueble lo iba a usar Ayuso como despacho temporal mientras hacían unas obras en Sol. Está situado en el barrio de Chamberí, en el que creció la presidenta. Nadie sabía de qué obras hablaban.

Se iban a llevar a cabo, sostuvieron entonces, entre octubre y noviembre. Es decir, ahora. La licitación salió en agosto de forma exprés y se adjudicó. Del desarrollo de esa obra no se ha informado con claridad, así que es difícil saber si impide o no que la presidenta continúe trabajando allí. El ático, según se escribió en su memoria, servía como despacho y como residencia ocasional de la presidenta y otras autoridades, aunque es obvio que la única autoridad para usar algo así es ella. La presidenta recibió muchas críticas de la oposición, pero también desde dentro de su partido. No entendían que gastase una cantidad de dinero tan grande para un uso ocasional. Esa compra le sumió en la que ha sido su crisis política más profunda.

La idea de sus asesores era venderlo lo antes posible y quitárselo de en medio por una cifra cercana a los siete millones de euros. No ha sido posible ni parece que lo vaya a ser a corto plazo. Después de dos subastas, nadie ha pujado por él, como si estuviera maldito. Si este periódico nunca hubiera dado cuenta de su existencia, seguramente ahora mismo funcionaría como lugar de trabajo de la presidenta. En el PSOE sostienen que, a la larga, lo acabaría convirtiendo en una residencia oficial, algo que el PP niega con vehemencia. No fue así y el despacho de Ayuso, a día de hoy, es móvil. Ni aquí ni allá, en todas partes y en ninguna.

Source: El País · Juan Diego Quesada

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