Los dos se encontraban dentro de la cabina de un modelo de tren que amaban desde pequeños, el AVE. Uno era el maquinista principal y el otro todavía se encontraba en prácticas, pero solo se llevaban cinco años de diferencia. Sus biografías eran muy coincidentes. Eran de ciudades del sur de Madrid, provenían de de familias trabajadoras, y en algún punto de sus vidas habían vivido y disfrutado Barcelona. Soñaban con hacerse viejos sobre raíles, pero la muerte les esperó el miércoles durante 17 minutos, el tiempo que pasó entre que recibieron una llamada de control de Atocha y se estrellaron contra un tren parado en medio de la vía.

—Maquinista de tren 2080— le dijeron desde el puesto de mando.

—Sí.

—A las 08:36.

—Sí.

—Desconecte y reanude la marcha.

El hombre que recibió esas órdenes era Antonio Acedo Meneses, cuyo nombre comenzó a circular horas después por un grupo de WhatsApp de antiguos alumnos del colegio Liceo Villa Fontana de Móstoles:

—Si pones Antonio Acedo en Google, aparece en lo de los trenes— advirtió uno de los miembros del chat.

—Whaaaaat!

Antonio nació hace 36 años en Móstoles. Hijo de José Antonio, un maquinista de tren jubilado amante de los ferrocarriles y que alguna vez que otra ha entrado en emisoras de radio locales para explicar su pasión por las vías, y Mercedes, ya jubilada, Antonio vivió gran parte de su vida en Loranca, uno de los barrios obreros de Fuenlabrada. Tenía un gran sentido de la estética, solo basta echarle un vistazo a sus foto en Instagram y sus vídeos en YouTube. Se bajaba en las estaciones de tren y metro para retratarlas, muchas veces en blanco y negro. Usaba su teléfono móvil, pero también cámaras analógicas, para captar pasajeros anónimos por las estaciones, sobre unas escaleras mecánicas en Greenwich, Reino Unido, y hasta un tren cualquiera de Rodalies que cogía a menudo.

En su perfil público de Instagram hay una foto suya de la estación de L’Hospitalet de Llobregat en la que diserta sobre la muerte. “Imagino”, escribió, “que cuando llegamos al final, si echamos la vista atrás y encontramos felicidad, no nos entristece marchar. Imagino que será así en todos los aspectos de la vida”. Su adiós era un murmullo esta mañana en la mayoría de bares, peluquerías y tiendas de Móstoles y Fuenlabrada. “Estamos consternados y muy tristes”, cuenta por teléfono el alcalde de Fuenlabrada, Javier Ayala. “Era nuestro vecino, Antonio”.

Militante de Izquierda Española, formación extraparlamentaria de la llamada corriente del socialismo jacobino, Antonio habló hace un par de días con su amiga Paula Fraga, con la que compartía ideas políticas. “Levantó la voz por la degradación de las infraestructuras y el deterioro de las vías”, cuenta Fraga por teléfono. “Estaba muy preocupado por la sensación de inseguridad. Su muerte se podría haber evitado. No se han escuchado sus demandas por la incompetencia de los más altos cargos aquí, que están a lo político y no a lo técnico. ¿Qué coño están haciendo?”. Para el partido preparó buena parte del programa sobre transporte, donde diagnosticaba como un cirujano todas sus carencias.

Adoraba Barcelona. Tanto que incluso confesó en uno de sus vídeos que idolatraba la ciudad de un modo desproporcionado. “Aquella seguía siendo una ciudad con el blanco y negro de Català-Roca, y que latía a los acordes de los versos de Joan Manuel Serrat”. A su círculo de amigos más íntimo les envió un mensaje hace poco: quería instalarse en Madrid y emprender una nueva vida con su pareja.

En el momento del accidente, a su lado iba con él Daniel Muñoz Cob, de 31 años, tan apasionado por los trenes como él. Tenían un universo entero en común. Lo que muchos coleccionistas sueñan cuando tienen una maqueta entre las manos, él lo había conseguido: viajaba como maquinista en prácticas en un Ave y pronto sería el titular. Había diseñado su carrera para llegar justo a este momento, después de haber sido técnico de mantenimiento en tres empresas: Thyssenkrupp, Btren y Suez. En 2019 empezó a formarse como maquinista. En 2021 estuvo por fin, durante dos años, como conductor en Rodalies, el servicio ferroviario de Cataluña. Regresó a Madrid y condujo durante tres años y tres meses trenes de cercanías.

Desde marzo de este año había ingresado como conductor novel. Sus compañeros solo tienen palabras de elogio hacia él. “Una persona fantástica”, dice Hugo López Gamallo, un maquinista que también boxea y se apoda La Locomotora. Daniel trabajaba con el entusiasmo propio de los que tienen vocación innata por lo que hacen, y eso lo trasladaba al resto de trabajadores de Renfe. “Era alguien siempre dispuesto a ayudar a sus compañeros con una sonrisa. Se ocupaba de los nuevos y les hacía integrarse”, recuerda La Locomotora, que lo perdió de vista cuando Daniel pidió el traslado al AVE y pasó a formarse en unos trenes y una infraestructura nueva.

Daniel vivió con sus padres en el barrio de El Carrascal, en Leganés, donde este jueves todos lloraban su pérdida repentina. En el bar Titho’s se habló de él y su familia a la hora del almuerzo. Coincidió que en ese momento entró por la puerta un operador de Grúas Aguado, una de las empresas encargadas de retirar el amasijo de hierros que resultó de la brutal colisión entre trenes. “Tenemos trabajo para un mes”, dijo el trabajador, que se quedó asombrado de que el muchacho que conducía una de las máquinas viviese justo enfrente. Una vecina de su edificio lo describió como un muchacho sensible, atento y educado que quería mucho a sus padres, jubilados desde hace poco tiempo.

La forma didáctica con la que trataba a los recién llegados revelaba otra de sus vocaciones: la enseñanza. Raúl, de 53 años, fue su profesor en los Salesianos de Atocha, donde Daniel estudió primero un FP de electricidad y después un grado superior en robótica —su trabajo de fin de grado se puede encontrar en YouTube—. “Le hubiese gustado ser profesor. Venía a vernos con mucha frecuencia y le contaba a mis alumnos su experiencia para que se motivaran. Sin duda, es el mejor alumno que he tenido”, cuenta Raúl por teléfono. Y justo ha encontrado la muerte en la que era su pasión: “Le encantaban los trenes”. A las pocas horas de enterarse de la catástrofe, Raúl le escribió a Daniel un mensaje para preguntarle cómo podía haber ocurrido algo así, sin imaginar en ningún momento que su alumno, su amigo, era una de las víctimas mortales. Al ver que no respondía, algo muy raro en él, se temió lo peor.

La suerte fatal de Antonio y Daniel, dentro de la cabina, estuvo escrita desde que recibieron la llamada desde el centro de control de Atocha y les ordenaron seguir el camino. El Ave que conducían llevaba 396 pasajeros Ningún sistema, ni humano ni técnico, les avisó del obstáculo que se iban a encontrar -un Iryo con 147 personas a bordo, incluido un bebé— en 17 minutos.

—Reanude la marcha con marcha normal.

—¿Con marcha normal?— preguntó Antonio.

—Sí.

Source: El País · Manuel Viejo, Juan Diego Quesada

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