El actor y presentador Antonio Garrido visitó Santiago de Compostela con sus hijos y tuvo una mala experiencia con la comida: según su propia versión, las alitas de pollo que le sirvieron en una famosa multinacional de comida rápida “sabían a podrido”, algo que difícilmente habría ocurrido en A Noiesa, O Sendeiro o Casa Marcelo, por poner solo tres ejemplos de la siempre valorada gastronomía gallega. Salvando todas las distancias, algo parecido ocurre con el Barça de Flick, a quien muchos aficionados siguen reclamando una versión más industrial con la que asaltar los grandes mercados europeos, a costa, claro está, de vender su alma expresionista al diablo.

Jugó un gran partido el Barça en París, pero perdió contra el actual campeón de Europa: el PSG de Luis Enrique. En un ambiente hostil de los que convierten el fútbol en algo más serio que una simple competición deportiva, el equipo catalán compitió de tú a tú contra los demonios parisinos hasta el minuto 80, refriega de poder a poder en la que los amantes del pollo frito y los centrales con aspecto de estibadores descubrieron una verdad incontestable: el Barça juega con portero. Es una vieja costumbre en casi todos los equipos a lo largo de la historia, pero que lo haga el Barça se entiende ya como una extravagancia, una muestra de debilidad que nos invita a pensar que así no se puede competir en Europa. “El mejor ha sido Joan García, no es buena señal”, decía un conocido tuitero al descanso. Asusta imaginar lo que diría si hubiese sido el peor.

Hansi Flick entrena y dirige un equipo pensado para atacar siempre, para atacar mejor. Eso explica la irrupción de Pau Cubarsí y Gerard Martín en su once de gala, futbolistas incomprendidos por una mayoría de aficionados que preferirían saltar al campo con dos caballos de guerra o los hermanos Clegane, a los que George R.R. Martín concedió los apodos de El Perro y La Montaña en su serie de novelas Canción de hielo y fuego. ¡Menudo par de centrales serían esos dos si las aspiraciones de Flick pasasen por protegerse de pies a cabeza! Pero su fútbol es otro y su elección de perfiles responde a intenciones mucho más aviesas, más audaces, más cruyffistas. Uno puede estar en desacuerdo con sus ideas —el fútbol también es una democracia, amigo—, pero no tratar de disfrazarlas con un simple rebozado.

Suelen plantearse este tipo de debates cuando aparece la primera derrota, aunque el rival sea un monstruo de dos cabezas capaz de meterle cinco a otros monstruos de dos cabezas, ellos sí armados con defensas de acero y mucha literatura sobre el significado de la palabra competir. Repetimos entonces esos viejos mantras de que atacar con muchos es una temeridad, que defender lejos del área constituye una provocación y que los buenos futbolistas, por alguna extraña ley grabada en piedra, necesitan pedir permiso a los malos para jugar los partidos importantes. Nadie discute que Flick deba corregir errores, ajustar mecanismos o protegerse mejor ante determinadas situaciones, pero una cosa es perfeccionar una idea y otra muy distinta traicionarla. Sobre todo, cuando esa idea te ha devuelto a la élite.

El Barça perdió en París porque el fútbol, por fortuna, sigue siendo un deporte en el que dos equipos pueden hacer muchas cosas bien y solo uno llevarse la victoria. Convertir cada tropiezo en un referéndum sobre el modelo solo es una manera sofisticada de no querer entender nada. Lo mismo que venir a Galicia a comer pollo frito al estilo de Luisiana.

Source: El País · Rafa Cabeleira

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