Algo se mueve en la esfera diplomática en torno a la grave crisis humanitaria que sufre Oleshki, una localidad de la región ucrania de Jersón ocupada por los rusos. “Es duro llamar vida a eso”, deplora Vitalii Mikolaiovich, de 55 años, que consiguió escapar el mes pasado de la población, donde apenas hay comida. El Papa León XIV ha abordado con los presidentes de Rusia, Vladímir Putin, y Ucrania, Volodímir Zelenski, una posible tregua que permita evacuar a los civiles. En torno a 6.000 personas, varias decenas de ellas menores, entre Oleshki y alrededores, sufren una clara falta de alimentos y medicinas unida a las duras condiciones de vida por la invasión militar, que les impiden moverse a lugares donde abastecerse.

El Defensor del Pueblo de Ucrania, Dimitro Lubinets, anunció el lunes que se ha avanzado en los contactos con Rusia para pactar un alto el fuego en la zona y la apertura de un corredor para trasladar a los vecinos a territorio bajo control de Kiev. El acuerdo afectaría a Oleshki y a seis pueblos del entorno.

Mikolaiovich, su mujer Irina, de 54 años, y el hijo de ambos, Vladislav, de 13, lograron huir el pasado 13 de septiembre en compañía de su gato, Maksik. “Nos quedaba muy poca comida. Ya llevábamos tiempo comiendo solo una vez al día. Un poco de arroz… Y ahí fue donde decidimos que era hora de irnos”, relata Mikolaiovich por teléfono.

Recuerda cómo las últimas semanas sobrevivieron a base de ensaladas de verdolaga, “una hierba que hay por todos sitios”, acompañada de un tomate y un pepino. Atrás dejaron “historias horribles” de supervivencia bajo los drones o la necesidad de comerse hasta animales callejeros, como confirman varias fuentes.

“No hay luz, agua, alimentos, medicinas… nada con lo que sobrevivir”, insiste Vitalii Mikolaiovich, instalado ahora en la región de Kiev tras un periplo de película en el que, destaca, no tuvieron que sobornar a nadie gracias a la ayuda de voluntarios.

Anduvieron por una carretera minada 23 kilómetros hasta alcanzar Radensk, otra localidad ocupada. Desde allí, atravesaron cientos de kilómetros por las zonas bajo dominio ruso en las regiones ucranias de Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Lugansk. Desde allí cruzaron la frontera rusa, y posteriormente, la de Bielorrusia, antes de acceder a Ucrania de nuevo. Vitalii Mikolaiovich cuenta que ellos y su hijo eran los más jóvenes del grupo de ocho que huyó. Los demás eran personas de entre 67 y 75 años, detalla.

Atrás quedó la noche del pasado enero en que en medio de un bombardeo sobre Oleshki y mientras estaban resguardados en el sótano del edificio, su apartamento en el tercer piso recibió un impacto y quedó destruido. Desde entonces estuvieron acogidos por un vecino en una casa baja.

Gracias a la poca conexión que llega a los móviles se mantienen las comunicaciones, comenta Mikolaiovich. Él mismo ayudó desde dentro a tratar de evaluar el número de personas que quedan; desde el pasado abril, el Defensor del Pueblo y su equipo buscan cerrar el acuerdo con los rusos para abrir el corredor humanitario.

Vitalii Mikolaiovich cree que Moscú dejó de responder, por eso no se ha conseguido y, estima que todavía quedan entre 1.500 y 1.700 vecinos, “muchos escondidos”. Su impresión es que, sin civiles que emplear de “escudos humanos”, los rusos temen una ofensiva del ejército ucranio.

“Detalles finales”

“Actualmente, estamos centrando muchos esfuerzos en la evacuación de Oleshki y las localidades circundantes” y “diariamente mantenemos negociaciones para que las personas puedan salir”, señaló el Defensor, Dimitro Lubinets, en sus redes sociales el domingo tras conceder una entrevista a un medio local. “Estamos avanzando al máximo” hacia “los detalles finales para asegurar un alto el fuego y evacuar a todos directamente al territorio controlado por el Gobierno ucranio”, dijo en la entrevista Lubinets. Espera poder lograrlo en un “futuro próximo”.

De forma paralela, el Vaticano está moviendo hilos. León XIV y Zelenski conversaron al respecto el lunes por teléfono. El Pontífice ya había hablado tres días antes con Putin. Pero la cautela impera entre las autoridades regionales de Jersón consultadas este martes. Afirman, como detalla Mikolaiovich, que ya ha habido antes otras posibilidades de acuerdo sin que se haya conseguido nada. Por eso, no muestran un especial entusiasmo.

El Papa ha solicitado un acuerdo entre las partes para que los ciudadanos puedan ser asistidos y que aquellos que lo deseen puedan ser evacuados. Así ha trascendido por parte de Kiev y del Vaticano tras la conversación que mantuvo con Zelenki en la tarde del lunes. “Estamos trabajando para ayudar a nuestro pueblo allí. Preparamos soluciones. Su Santidad informó sobre los contactos con la parte rusa al respecto”, señaló el mandatario ucranio en un comunicado.

León XIV “hizo referencia a la solicitud de un alto el fuego humanitario que había presentado al presidente de la Federación Rusa”, según un comunicado del Vaticano que se refiere a la conversación que mantuvo con Putin el 16 de octubre.

Drones con ayuda

Un militar que forma parte del operativo para enviar comida a Oleshki por medio de drones en operaciones nocturnas contó a EL PAÍS a comienzos de octubre que la falta de comida lleva a los vecinos a comerse perros, gatos o palomas. El movimiento de los vecinos está, además, amenazado por la constante presencia de drones, así como por las minas plantadas en una localidad sin suministro de agua, electricidad o gas. Moverse por la ciudad o salir de ella a buscar comida es peligroso y ya han muerto personas por esos explosivos, señalan las autoridades locales.

Mientras, los precios de los productos básicos se han disparado por la escasez en el mercado informal, ha informado el diario Ukrainska Pravda. Diez huevos llegan a costar hasta 800 grivnas (unos 16 euros), las patatas o las cebollas 500 grivnas (unos 10 euros). Para tratar de paliar la situación, el ejército ucranio ha dejado caer desde drones dos grandes envíos de cuatro toneladas cada uno, aunque parte acabó en manos rusas.

Las autoridades ocupantes son, según la legalidad internacional, responsables de permitir que la población tenga acceso a alimentos. Si no puede, debe permitir que se lleve a cabo desde fuera. Organizaciones como Tribunal para Putin, una iniciativa surgida tras la invasión a gran escala, alertan de un posible crimen de guerra por parte de Rusia.

Fuentes del 140 Batallón, incluido en el cuerpo de Marines, desplegado en la región de Jersón confirman que, además de las personas que viven en la ciudad de Oleshki, hay otros ciudadanos sufriendo hambre y otras consecuencias de la larga invasión rusa en otras localidades de la zona. Por eso, el anuncio del acuerdo de las autoridades para negociar la evacuación engloba también a otros seis núcleos de alrededor.

Se trata, en algunos casos, de aldeas empleadas por los militares del Kremlin para esconderse, a veces en zonas boscosas y en las que apenas quedan un puñado de habitantes. Este periódico estuvo el pasado fin de semana en una posición del 140 Batallón con uno de los mandos que está tratando de ayudar en esas aldeas mediante el envío de drones con víveres.

Añade que los soldados rusos se visten a veces de civiles para tratar de pasar inadvertidos a las cámaras de los drones de vigilancia ucranios que sobrevuelan la zona. Como hay tan poca gente, añade esta fuente, y casi nunca son jóvenes, observar uno de estos perfiles les sirve para tirar del hilo. Tratan de averiguar dónde viven y así intentar atacar ese lugar. Reconoce también que los militares invasores se quedan con parte de la comida que consiguen lanzar desde el aire.

“Organizar la salida de la ocupación no es sencillo. Los órganos estatales ucranios no tienen libre acceso allí”, por lo que es necesario analizar cada caso cuando alguien se dirige al Defensor del Pueblo, comenta Lubinets. El proceso incluye también la verificación de los documentos, la búsqueda de una ruta de salida y negociaciones con la parte rusa que detenta el poder.

Oleshki se halla en la orilla izquierda del río Diéper, próximo a su desembocadura en el mar Negro cuando transcurre por la región de Jersón. Las tropas del Kremlin consiguieron pasar al lado derecho en los primeros compases de la gran invasión lanzada en febrero de 2022. Pero una contraofensiva local los devolvió al lado izquierdo en noviembre de ese año.

Antes de esa operación rusa a gran escala, Vitalii Mikolaiovich trabajaba en la ciudad de Jersón como jefe de seguridad de una empresa privada. Al llegar la ocupación, se quedó en casa con su hijo, mientras su esposa “trabajaba como enfermera en el servicio de cirugía del hospital de distrito local”, explica.

Vitalii, que en algunas ocasiones ha llegado a tener contacto en Oleshki con los uniformados del Kremlin, destaca el “cinismo horroroso” que significa que ellos mismos le hayan reconocido que están solo por dinero, para pagar su coche o su apartamento. En los últimos días cree que los invasores están dejando a los vecinos desplazarse en bicicleta hasta Radensk a por comida. Pero la realidad, concluye, es que “esto no es solo una crisis de civiles”, pues “los soldados rusos tampoco tienen comida, pasan hambre. Por eso acuden a nuestras casa para llevarse víveres a la fuerza”.

Source: El País · Luis de Vega

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