Lo digo antes de que me lo digan: tengo debilidad por C. Tangana. Quizá porque he visto sus calzoncillos sucios tirados en el suelo junto al colchón donde dormía cuando no llenaba estadios y porfiaba, ansioso, por comerse el mundo crudo con su música. Fue en vísperas de las elecciones de 2016, en una de esas entrevistas en los que los periodistas pretendemos que los famosos nos digan por nuestra cara bonita qué papeleta van a echar a la urna. No me lo dijo, claro. Pero, en vez de eso, me hizo saber a bombo y platillo que quería trascender, perdurar, dejar su legado artístico por los siglos de los siglos. Lo bueno, y lo malo, de llevar tantos años escrutando los ojos de gente que quiere venderte algo es que una aprende a detectar la impostura en la mínima contracción o dilatación de las pupilas. Y en las suyas, aquel día, había su poquito de condescendencia y su mucho de chulería, sí, pero ni rastro de ironía y una determinación a prueba de caricaturas. Hoy, 10 años y cuatro legislaturas más tarde, C. Tangana no solo se lo ha comido, bebido, metido y follado todo, utilizando sus propios términos, sino que ha logrado convertir sus canciones en himnos de verbena, quizá el único signo de inmortalidad para un cantante vivo en la era de Spotify.
Lo rapea él mismo, en dos minutos clavados, en el vídeo de Milko Freestile, su vuelta a la música después de haber dicho estar cansado de oírse a sí mismo. Como imagen de la parábola del músico pródigo, su menda, a los 36 años: un padre primerizo con su bebé de seis meses colgado de la mochila de porteo, una bolsa de la compra en cada mano y el chándal de irredento Peter Pan urbano por uniforme. La viva estampa del nuevo papi corresponsable en persona. Por su puesto, ya no duerme en el suelo, ni tiene problemas para llegar de sobra a fin de mes todos los meses. Pero me consta que, después de todos sus excesos, va con su niño a comprar al súper y desayuna en el bar de la esquina en uno de esos barrios madrileños donde se juntan, que no revuelven, millonarios paseando al perro y migrantes pedaleando con el capazo de reparto a la chepa, separados únicamente por la frontera, tan invisible como infranqueable, del precio del metro cuadrado.
Todo es mercadotecnia y negocio, claro. Una estrategia para calentar el ambiente ante sus próximas cuatro actuaciones con Agorazéin, su grupo de aquella juventud precaria, en el Movistar Arena con las 60.000 entradas vendidas. Pero Tangana ha demostrado como pocos saber leer, y vivir al máximo, los tiempos que le han tocado, sin dejar nunca de tener una toma de tierra. En aquella entrevista, me dijo que no iba a votar, porque no creía en la democracia representativa. En las del 29 de noviembre, no se sabe si votará, porque no concede entrevistas. Pero se sabe, por lo menos, por quién no va hacerlo. Hace días, pudiendo estarse callado, le leyó la cartilla a Pablo Iglesias, a Rufián y a Ada Colau en Instagram por anteponer “sus egos” a unir a “la peña” contra la ultraderecha. Siempre chulo, siempre listo, ciudadano C. Tangana.
Source: El País · Luz Sánchez-Mellado
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