El 25 de octubre Brasil tendrá ante sí una clara disyuntiva, entre el candidato de ultraderecha Flávio Bolsonaro y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que ese día se medirán en la segunda vuelta de la elección presidencial.

La economía es un tema muy importante en cualquier elección, y aquí los dos candidatos proponen estrategias muy diferentes. Lula tiene un historial comprobado; Flávio Bolsonaro no, pero sus ideas son un calco de las de su padre, el expresidente caído en desgracia Jair Bolsonaro, que hoy cumple una condena a 27 años de prisión por un intento de golpe de Estado. Durante la campaña electoral, el hijo y su equipo también han dicho lo suficiente como para darnos una idea clara de hacia dónde iría Brasil bajo su liderazgo.

Como economistas que llevamos mucho tiempo estudiando Brasil, podemos decirlo sin medias tintas: si gana Bolsonaro, el desempleo aumentará, el crecimiento se desacelerará, la pobreza crecerá y la situación de la clase media empeorará.

Empecemos por la promesa de Bolsonaro de aplicar una reducción del gasto público equivalente al 1,5% del PIB. Aunque su equipo afirma que mantendrá el programa de transferencias en efectivo a los hogares Bolsa Família, no ha indicado dónde serían los recortes. La mayor parte del presupuesto brasileño se dedica al pago de pensiones y prestaciones vinculadas al salario mínimo, la sanidad y la educación, de modo que es imposible aplicar un recorte de tal magnitud sin afectar esas áreas.

El perjuicio no se limitaría a los pensionados y beneficiarios de prestaciones sociales. Según la estimación habitual del multiplicador fiscal, una reducción del gasto social equivalente al 1,5% del PIB puede eliminar un 2,7% del PIB en el primer año y un 3,2% en dos años, cifras suficientes para convertir una desaceleración en recesión.

Incluso con recortes mucho más pequeños, las simulaciones revelan que la disminución del crecimiento se trasladará a la recaudación tributaria, lo que llevará a un círculo vicioso de más recortes. Los primeros en sentir el impacto serían los trabajadores del sector informal, los vendedores ambulantes, los conductores de aplicaciones de traslado y los pequeños empresarios cuyas ventas dependen de que los clientes tengan dinero para gastar. Los datos históricos de Sudamérica muestran que los ajustes fiscales basados en el gasto reducen la actividad económica y agravan la desigualdad.

Los recortes ni siquiera resolverían el problema de la deuda de Brasil. Alrededor del 53% de la deuda pública está vinculado al tipo de interés oficial (Selic); y las altas tasas brasileñas son resultado de las metas de inflación, de la disfuncionalidad del mercado financiero y de la volatilidad cambiaria antes que del gasto público. El déficit primario (la diferencia entre la recaudación tributaria y el gasto excluido el pago de intereses de la deuda) se mantiene cerca de cero. Bolsonaro parece creer que de algún modo los tipos de interés mostrarán una fuerte caída sin enfrentar los factores de los que dependen. Incluso si el Selic bajara al 9% (algo que consideramos improbable si gana Bolsonaro), la deuda seguiría aumentando, aún con un superávit primario anual igual al 3% del PIB.

A estos problemas se suman los recortes de impuestos que propone Bolsonaro. En un país plagado de desigualdad extrema, donde los más ricos tributan una proporción menor de sus ingresos, esos recortes obstaculizarían el crecimiento a largo plazo y empeorarían la situación fiscal a corto plazo. Bolsonaro parece ignorar las consecuencias macroeconómicas de sus políticas, y (como el presidente argentino Javier Milei) no le interesa corregir las injusticias tributarias actuales.

El daño probable para la economía brasileña y las escasas perspectivas de que las políticas de Bolsonaro reduzcan el déficit (que incluso puede aumentar si la desaceleración que provocan es lo bastante grave) no impidieron que los mercados celebraran su victoria en la primera vuelta. El primer día de operación bursátil tras las elecciones, el Ibovespa se disparó un 7,7 % hasta un máximo histórico. Pero un repunte bursátil no es sinónimo de economía en crecimiento, y puede revertirse enseguida en caso de recesión o crisis institucional, el riesgo que más temen los inversores extranjeros.

Sin embargo, hay otro futuro posible. Hace tres años, el mercado esperaba que la economía brasileña creciera algo más del 1% anual. En cambio, el PIB creció un 3,2% en 2023 y un 3,4% en 2024. La inflación, que alcanzó un máximo del 12,1% en abril de 2022, bajó al 4,22% en agosto. El desempleo se redujo al 5,3% en 2026, y los indicadores de pobreza (incluida la pobreza extrema) se redujeron a mínimos históricos. Incluso la Bolsa muestra un buen desempeño, con un alza cercana al 70% desde enero de 2023.

Estas tendencias reflejan el éxito de las políticas económicas de Lula. El nuevo programa Bolsa Família sacó de la pobreza y la pobreza extrema a unos 6,5 millones de personas. El aumento del salario mínimo real (asociado a una mayor participación del factor trabajo en el reparto del PIB) mejoró los ingresos de los trabajadores y pensionados. Una reforma tributaria progresiva eximió a los hogares de ingresos bajos y medios del impuesto sobre la renta y elevó el tipo impositivo mínimo para el tramo superior, lo que contribuyó a reducir la concentración de los ingresos en esa franja. Aun así, el déficit primario se redujo hasta casi cero. Y la inflación habría caído todavía más si no fuera por las guerras temerarias de Rusia y la Administración de Trump.

Aún queda mucho por hacer. No será fácil, pero Brasil puede crear margen fiscal eliminando exenciones tributarias que benefician sobre todo al 10% más pudiente, poniendo coto a las enmiendas parlamentarias al presupuesto y aumentando el impuesto mínimo efectivo para los ultrarricos.

El margen fiscal obtenido se debería usar para financiar inversiones estratégicas en transporte público, vivienda e infraestructuras para el cuidado de personas; esas inversiones disminuirán el costo de vida al abaratar el traslado al trabajo y reducir los gastos en cuidado infantil; al mismo tiempo, la bajada de tipos de interés reducirá los costos de financiación para las familias y los empresarios.

En los últimos cuatro años, Brasil ha demostrado que el crecimiento y la equidad pueden ir de la mano. La elección que tienen ante sí los votantes el 25 de octubre es entre seguir profundizando ese progreso o revertirlo.

Source: El País · Joseph E. Stiglitz, Laura Carvalho

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