Agosto de 2026. Benjamín Netanyahu y su mujer, Sara, asisten a un concierto multitudinario de una estrella pop israelí, Eden Ben Zaken, a dos meses de las elecciones que se celebran este martes. Ben Zaken, nacida en Jerusalén igual que el primer ministro, es popular entre la base social tradicional del derechista Likud, el partido de Netanyahu. La cantante detiene el recital y pide que les lleven un micrófono a la zona VIP, donde Netanyahu explota la ocasión para enardecer al público: “¡Sois la prueba de que el pueblo de Israel vive y es fuerte!”.

Aprovechar un concierto para un baño de masas propagandístico genera polémica. Al día siguiente, una periodista pregunta al matrimonio qué tal lo pasó: “Enorme, una pasada”, responde el primer ministro. “Ella nos gusta mucho. Tiene una canción que me gusta mucho”. “¿Cuál?”. Netanyahu —un oportunista carente de todo sentido de autocrítica—canturrea Yesh Bi Ahavá. Es uno de los temas más famosos de la historia de la música israelí y no es de Ben Zaken, pero parece ser el único que conoce porque lo versionaron a dúo en 2020.

Son dos anécdotas inofensivas para un dirigente con una orden de arresto del Tribunal Penal Internacional como sospechoso de crímenes de guerra y contra la humanidad en Gaza desde 2023. Pero muestran las efectivas facetas por las que aún hoy, con 77 años recién cumplidos y tras el mayor desastre de seguridad del Estado de Israel (los más de 1.200 muertos del ataque de Hamás), muchos lo siguen considerando HaMelej. El rey, en hebreo.

Netanyahu es un animal político. Un populista obsesionado con el poder. Solo así ha logrado gobernar más que nadie: 19 de los 78 años de existencia del Estado de Israel. Tal Schneider, corresponsal diplomática y política del diario The Times of Israel, bromeaba recientemente con el ADN familiar (su padre, Benzion, vivió hasta los 102 años) para subrayar cómo, pierda o gane —y con el poder como escudo ante las investigaciones— le quedan muchos años en primera línea política. “No se va a ningún lado”, decía. Al hablar, el primer ministro vincula mesiánicamente a veces la seguridad nacional (y hasta del pueblo judío en su conjunto) a su permanencia en el poder.

Fuera de Israel, se le asocia a la brutal devastación de Gaza, la acusación de genocidio, la invasión de países vecinos. Es un debate más foráneo: aquí triunfa su imagen de líder fuerte que no admite lecciones del mundo. En las distancias cortas, se nota su carisma y su costumbre de dar órdenes, con frases cortas y tono autoritario, que todos se apresuran a cumplir. Y su impecable inglés (se formó en Estados Unidos) realza su perfil global y el nexo con Washington, como no pierde ocasión de recordar.

Todo esto es Netanyahu. Pero también, y sobre todo, un superviviente al que han dado muchas veces por políticamente muerto y siempre ha sacado un nuevo conejo (más o menos sucio) de la chistera.

Llegó al poder por sorpresa en 1996, un año después de que un ultranacionalista asesinase a Isaac Rabin por firmar los Acuerdos de Oslo con los palestinos. Derrotó al favorito (Simón Peres) por 50,5% a 49,5%, con un discurso de dureza ante los frecuentes atentados suicidas palestinos.

En 1999, perdió ante el laborista Ehud Barak y comenzó una travesía en el desierto, a la sombra de Ariel Sharon. Cuando llegó su ocasión, no la desperdició. En 2009, la candidata de Kadima (la escisión del Likud que inventó Sharon antes de entrar en coma), Tzipi Livni, ganó los comicios, pero necesitaba a los partidos ultraortodoxos. Prefirió la oposición a darles las prebendas que pedían. Netanyahu agarró el testigo, pactó sin miramientos y comenzó su gran reinado, encadenando legislaturas hasta hoy, salvo un pequeño lapso en 2021-2022.

Un 2023 horribilis, con las mayores manifestaciones de la historia del país —semana tras semana, contra su controvertido proyecto de laminar el poder judicial en beneficio del Ejecutivo— y el ataque de Hamás, hundió su popularidad. Sus ideas y retórica —entre sarcástica, defensiva y chulesca— lo convierten en una figura polarizadora. Sus partidarios lo adoran (“solo Bibi”, dicen a menudo); sus detractores, lo odian visceralmente. Las críticas van a menudo más contra su personalidad que contra sus políticas, no tan lejanas de las que defienden los partidos judíos de oposición.

Un 56% quería entonces su dimisión al terminar la ofensiva en Gaza. Pero Netanyahu lee como pocos los momentos y a amplias capas de la sociedad israelí. Aguantó el chaparrón, encadenó guerras en la región (con los escombros de Gaza como expresión gráfica de la “venganza poderosa” que prometió), ganó puntos con la explosión de los buscas y walkie-talkies de Hezbolá y asesinó a quienes no se había atrevido: los máximos dirigentes de Hezbolá, Hasán Nasrala; Hamás, Ismail Haniye; e Irán, Alí Jamenéi. Le redimió ante muchos, hasta completar la legislatura con posibilidades de lograr otra. En un vídeo electoral del Likud de estos días, un israelí va recordando estos triunfos a un quejica de la oposición hasta dejarlo sin argumentos. Otro caricaturiza a Nasrala a punto de morir por una bomba israelí en los suburbios de Beirut.

Otro conflicto con Irán

Ahora, Netanyahu fía su reelección a la promesa de otra guerra con Irán. Está reinterpretando el fiasco de haberlo atacado dos veces desde 2024 con la mayor potencia militar del mundo, EE UU, sin derrocar al régimen. En contra del consenso de los analistas, da por hecho “el 90%” del trabajo y pide el voto para completar el 10% restante.

Es lo que Rob Geist Pinfold, profesor de la Escuela de Estudios de Seguridad del King’s College de Londres, llama su “momento 1967”. Netanyahu era “históricamente uno de los líderes de Israel más reacios a la guerra”, pero necesita presentar a su pueblo una victoria épica, como la que Israel inflingió aquel año en seis días a los países árabes, conquistando Gaza, Cisjordania, el Golán sirio y el Sinaí egipcio. El ataque de Hamás le ha conectado con los intereses de sus “socios pirómanos” y convertido al “Netanyahu adverso al riesgo en el Netanyahu apostador”.

Nadav Eyal, uno de los principales comentaristas políticos del país, señalaba recientemente en un panel cómo el “sentimiento tribal” a favor o en contra del veterano dirigente no se ha tornado en unidad (pese a todos los lemas) tras el ataque de Hamás, sino que se ha “reinterpretado”: “Para un campo, estas elecciones son sobre el 7 de octubre, el fracaso, la responsabilidad de Netanyahu, y cómo debe irse. Para el otro, es sobre lo que ha pasado después: su capacidad de rehacerse y las grandes victorias que ha logrado como primer ministro”.

Una de sus grandes virtudes es, justamente, adaptarse a las circunstancias. En 2009, mencionó en un discurso, sin creérsela, la solución de dos Estados al conflicto de Oriente Próximo. Tenía que contentar a Barack Obama, recién llegado a la Casa Blanca. La pasada semana, preguntaron a Netanyahu si bloqueará la creación de un Estado palestino. “¿¡Bloquear!?”, respondió molesto. “¡La he estado bloqueando! No podemos tener un Estado palestino, porque sería el fin del Estado judío. Tenemos que estar locos para hacerlo”. A su sucesor en la Casa Blanca, Donald Trump, le ha dado el último año los altos el fuego (Gaza, Líbano) que le exigía, sabiendo que ni tenía alternativa, ni supondría el fin de los bombardeos.

Aquí, nadie olvida su última gran jugada porque fue hace solo un lustro. En 2020 y tras unas elecciones sin resultado claro, la oposición puso la responsabilidad por delante de la desconfianza y aceptó formar un Gobierno de unidad nacional para afrontar la pandemia de covid, entonces en pleno auge. Acordaron rotar al frente del Ejecutivo. Primero, Netanyahu, dos años; luego, Benny Gantz. Consciente de su imagen, el primer ministro prometió ceder el asiento en la fecha acordada “sin trampas ni artimañas”. El Parlamento enmendó incluso la Ley Básica (el equivalente a la Constitución en Israel) para asegurar la rotación.

Quedaba, sin embargo, un resquicio. A diferencia de otros países, si la Knesset no saca adelante los Presupuestos antes de un plazo legal, la ley obliga a disolverla y convocar elecciones. Netanyahu empleó las trampas y artimañas que había prometido solemnemente no usar y convirtió 2020 en el primer año sin Presupuestos. Gantz nunca fue primer ministro y es hoy un juguete roto de la política. Acaba de retirarse de la carrera electoral, por falta de votos para entrar en la Kneset.

Netanyahu, mientras, ha ido esquivando escándalos. A las revelaciones sobre los avisos que recibió antes del 7 de octubre, ha respondido con un vídeo en el que ridiculiza a respetados periodistas críticos como inventores de polémicas, ventilador de mierda incluido.

Para sus imputaciones por corrupción y tráfico de influencias, confía en el indulto del presidente, Isaac Herzog, al que Trump insulta por no dárselo. Netanyahu ha cancelado vistas judiciales en el último momento, alegando “asuntos de seguridad urgentes” o “reuniones diplomáticas imprevistas”, para luego posar en actos de discutible relevancia. Una vez, llegó una hora tarde a la corte porque “la situación está muy tensa y tenía una reunión con el Mosad”.

Comisión de investigación

Su mayor lastre actual es el rechazo a establecer una comisión independiente de investigación sobre el ataque de Hamás, que desea una mayoría de israelíes. Lo explicaba así en el canal 14 de televisión, la cadena de la derecha sin disimulos: el sistema judicial es un “club privado” de miembros de la “misma ideología” y una “dictadura” que tumba decisiones del Ejecutivo. Como, por ley, el presidente del Tribunal Supremo, Yitzhak Amit, elegiría a los miembros de la comisión, no está dispuesto. “Amit tiene sus ideas, así que dije que no”, resume.

Para los escándalos que acumula y su trayectoria reciente, Netanyahu no llega a los comicios en mal lugar. Pero su posición es delicada. Tras tantas décadas en política, la oposición está liderada sobre todo por sus exministros, engañados o decepcionados, lo que le condena a pactar solo a su derecha.

Las últimas encuestas previas a los comicios (ya está prohibido publicar más) dan al Likud solo entre 19 y 21 escaños de los 120 de la Knesset. Ahora tiene 32. Su coalición con ultranacionalistas y ultraortodoxos está lejos de la mayoría, con unos 50 diputados. Y, desde hace meses, los israelíes lo ven menos idóneo (41%) como primer ministro que su principal rival, el exjefe del Estado Mayor Gadi Eizenkot (49%).

Pero la política no es solo confianza. También matemáticas. Sobre todo en un país con grupos de población que votan al partido que los representa llueva o haga calor. Los partidos judíos de oposición superan a la coalición y pueden llegar a 56 escaños, pero siguen necesitando el apoyo —que vienen rechazando— de una, o de las dos, listas árabes, que suman entre 14 y 16 diputados.

Netanyahu, por tanto, sigue políticamente vivo. Como siempre.

Source: El País · Antonio Pita

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