“Abrimos las puertas de nuestro primer restaurante con un cocinero novato. Yo atendía las mesas y servíamos pescado y arroz. O ese era el plan. Empezó a entrar mucha gente y yo quise asegurarme de que la cocina estaba controlada. Así que le dije al cocinero: ‘dos mesas de ocho han pedido arroz. ¿Hay algún problema?’. Y el tipo me contestó: ‘no, no, tira’. Al cabo de unos minutos volví a preguntar: ‘hay otra mesa de seis y también quieren arroz. ¿Algún problema?’. ‘No, no, tira’, insistió. Media hora después y al ver que no salía nada de la cocina, fui a mirar: el delantal estaba allí bien colocado, pero del cocinero no había ni rastro. Se había largado”. Lo cuenta riendo Jordi Millán (1981, Barcelona) quien junto a su mujer Sara Martín (1983, Barcelona) lleva desde 2014 poniendo patas arriba la capital catalana.

Comenzaron en barrios como Nou Barris y Sant Andreu, con proyectos ya consolidados como Casa Angelita o Cal Pesca y ahora desde el mismísimo centro. “No hay mucho secreto. Jordi viene del mundo de la pescadería y siempre quiso tener un restaurante. Un día me dijo que había visto un local y nos metimos de cabeza con una fórmula sencilla: producto excelente, raciones generosas y precio razonable. Nunca hemos abandonado esa idea y hemos demostrado que era posible llevarla a cabo tal y como la habíamos imaginado”, explica Martín. Millán aprovecha para apuntar: “Es importante dejar claro que siempre hemos hecho una cocina sin pretensiones. Somos gente sencilla a la que le gusta la cocina sencilla. Eso no quiere decir que no cuidemos muchísimo lo que hacemos, pero nunca hemos pretendido ser lo que no somos y nunca verás ni un poquito de delirio de grandeza”.

Naturalmente, el Gros (“grande”, en catalán) está disfrutando de un éxito rotundo cuando apenas lleva un mes en el corazón de la Barcelona más urbanita, acostumbrada a los platillos, el minimalismo y las propuestas premium con precios también al alza. La llegada de este bar con músculo de extrarradio, pescados y tapas de primera clase e impacto relativo para el bolsillo ha resultado ser un imán para los amantes del buen comer que buscan cartas con sustancia. El croquetón de gamba al ajillo (3,80 euros), la bomba (de rabo de toro; 8,90 euros), los berberechos (18 euros), los boquerones rebozados (10,90 euros) o los huevos rotos (14,90 euros) dan fe de la autenticidad de este restaurante con alma de bar y abrumadora mayoría de clientela local, un rara avis en una urbe que a veces parece diseñada para el visitante más que para el vecino.

En el último negocio de Jordi y Sara caben hasta 70 personas, la ensaladilla rusa (7,90 euros) pesa medio kilo y los pescados fuera de carta no hacen un agujero en la economía de la concurrencia. “Bueno, hemos aprendido mucho desde que empezamos. Al principio pagamos muchas novatadas. Ahora tenemos cocineros top, personal top y comida top. Cuando abrimos, nos servía cualquiera que dijera que podía hacer un arroz o un trozo de carne y ahora lo miramos todo con lupa”, dice riendo Millán. “También nos gusta pensar que cuidamos mucho a nuestro equipo y que por eso se quedan mucho tiempo con nosotros”, añade.

La filosofía del garito para currantes teletransportado al universo urbanita llevaba tiempo merodeando por las cabezas de la pareja y no se ha materializado hasta que han encontrado la ubicación perfecta: “Hay que tener en cuenta que, al contrario de lo que se pueda pensar, los bares de barrio tienen que ser impolutos, tienen que darte buena materia prima y no pueden mentirte. Esa gente no está para hostias: si van a comer o cenar a un restaurante tienen que salir llenos y satisfechos. La comida tiene que ser buena y abundante. Y no puedes andarte con chiquitas. Por eso los buenos bares de barrio-barrio son tan exitosos, porque establecen una relación muy cercana y real con sus clientes. Hemos querido que el Gros sea exactamente igual. Podemos estar en otro lugar, pero te ofrecemos exactamente lo mismo”, explican.

Si con la mencionada Casa Angelita ya demostraron que podían servir pescado, marisco y arroces sin que tuvieras que pedir una hipoteca, con el Bar Gros (Provença, 202) apuestan por un concepto similar (sin arroces) y —de paso— demuestran que de casta le viene al galgo. Lo cuenta Martín: “Llevamos 25 años de experiencia en el mundo de la gastronomía, nos ahorramos intermediarios y optamos siempre por el mejor producto. No usamos quinta gama, empezamos todo desde cero y con 35 euros de precio medio te aseguramos que vas a salir de aquí con el estómago lleno”.

Para los neófitos, es obligada la visita a la vitrina del Gros, un lugar en la barra en la que se exponen “ostras, gambas o marisquito fresco” y donde el curioso puede echar un ojo a lo que le van a servir después y que funciona también como prueba fehaciente para asegurar al cliente que no hay trampa ni cartón. Para el final quedan los postres, con la misma esencia que el resto de la oferta: abundancia, sencillez y calidad. Destacable la torrija, el flan con nata y el helado de carquinyoli; ideales para rematar la velada en un lugar en el que, por culpa del boca-oreja, es siempre mejor llegar con reserva.

Source: El País · Toni García

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