Que la llegada de la derecha radical a los gobiernos democráticos pueda representar una amenaza para la cultura abierta y la libertad de creación ya no es solo una sospecha: el arte crítico y la memoria cívica se encuentran en la diana de los extremistas. Sucede en América y en Europa. Y también en algunos lugares de España. Desde los primeros acuerdos autonómicos con el PP, Vox tuvo como prioridad la derogación de las Leyes de Memoria Democrática. No fue casualidad que en la Comunidad Valenciana se cancelase la suscripción a diversas revistas en catalán en bibliotecas municipales. Ya en 2023 se escucharon tímidas advertencias de lo que estaba por venir. En vano. El sábado estaba previsto que se representase en Valladolid la obra Federico, centrada en la muerte de García Lorca, pero ha sido cancelada y la compañía Proyecto 43-2 ha denunciado a la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, en manos de Vox, porque considera que dicha decisión obedece a motivos ideológicos. El episodio ha coincidido con la publicación el pasado día 9 de los requisitos que la Junta establece para solicitar subvenciones para la producción de películas y documentales: “No podrán destinarse los fondos públicos concedidos al amparo de esta convocatoria a actuaciones que impliquen adoctrinamiento ideológico”.

La equiparación de los discursos críticos, inclusivos o reivindicativos con un adoctrinamiento disolvente ha sido, es y será uno de las principales armas de las extremas derechas cuando dan la batalla cultural. Y lo hacen con plena conciencia de su importancia para naturalizar un programa democráticamente regresivo.

El revisionismo que desactiva el potencial crítico del arte y la creación se replica allí donde gobierna la derecha radical, como una forma de transgresión autoritaria, nostalgia tradicionalista y en ocasiones de deshumanización de la diferencia. El Gobierno de Javier Milei ha recortado la financiación de las entidades memoriales cuya función es preservar el recuerdo de los crímenes de la dictadura, a la vez que impulsa un relato revisionista sobre la actuación criminal de la Junta Militar. El nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, lo anunció al nombrar a Paola Holguín como ministra de Cultura: “Es imposible gobernar rectamente al mundo sin Dios y sin la Biblia”. Pocos días después, 30 piezas dejaron de exhibirse en el Museo Nacional en Bogotá, desde objetos que denuncian la violencia feminista hasta testimonios de los Acuerdos de Paz.

La obsesión de Donald Trump por revertir el discurso de instituciones de prestigio indiscutido como los Museos Smithsonian está siendo constante a lo largo de su mandato, y usa la “limpieza ideológica” como argumento. Su última ocurrencia ha consistido en pedir que se retire una escultura de arte abstracto y se sustituya por otra de George Washington. Los ecos con la política cultural de los años treinta han podido escucharse en los discursos de políticos de Alternativa por Alemania que, en su programa para las recientes regionales de Sajonia-Anhalt, prometía que no habría más financiación pública para “el arte y la cultura antialemanes”. Este partido ha llegado a calificar la Bauhaus, la escuela que revolucionó la arquitectura y el diseño del siglo XX, como “una aberración de la modernidad”.

Las fuerzas de ultraderecha conceden mayor trascendencia al estado cultural que los partidos conservadores tradicionales. Esta meditada apuesta ideológica persigue radicalizar la agenda de las políticas relacionadas con el feminismo, las minorías o el ecologismo. No es una batalla anecdótica. También es una batalla por la democracia.

Source: El País

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