La figura de António Guterres (Lisboa, 77 años) aparece sigilosa antes de lo previsto en la sala de conferencias junto a su despacho, en la planta 38 de la sede de la ONU en Nueva York, en cuyos pasillos uno se encuentra pequeñas joyas como un dibujo a favor de la paz del boxeador y activista Muhammad Ali. Al acercarse, este hombre que lo ha sido todo en la política portuguesa, europea y en los organismos internacionales pide disculpas por no hablar español, sino portuñol. Lo cierto es que durante la entrevista desplegará un castellano impecable salpicado de alguna palabra en portugués.
El encuentro con EL PAÍS, el pasado miércoles, se produce en el tiempo de descuento de su década al frente de Naciones Unidas y cuando está a punto de viajar a Madrid para participar en la Cumbre Iberoamericana del próximo miércoles y jueves. El ex primer ministro portugués, Alto Comisionado para los Refugiados y actual jefe de la ONU pone fin a una vida dedicada al servicio público. No ha decidido aún qué va a hacer, pero sí sabe que no estará quieto. “Tengo una actividad más intensa que nunca. Con dos temas sobre todo: clima e inteligencia artificial”, comienza.
A solo dos meses de agotar el mandato, su sucesión como secretario general parece bloqueada por la falta de acuerdo de las cinco potencias con derecho a veto. Guterres guarda un escrupuloso silencio sobre ese tema. No quiere entrar en la posibilidad de que el próximo 31 de diciembre no se haya consensuado un nombre y se produzca una crisis institucional. Solo tiene claro que él en ese momento ya estará de vuelta en Portugal. “Espero que se haga bien y de forma positiva. No quiero entrar en la campaña”, se limita a decir. Solo da una pista: le gustaría que le sustituyera una mujer. “Al igual que sería una alegría muy fuerte ver a mujeres al frente de los países más importantes del mundo, donde desafortunadamente casi solo tenemos hombres”. El sudoku para encontrar sustituto a Guterres se ha complicado aún más con la aparición este fin de semana de un nuevo candidato, el turco Feridun Sinirlioglu, secretario general de la OSCE, Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa.
No han sido estos 10 años fáciles para Guterres. Su aterrizaje en la ONU coincidió con la primera estancia de Donald Trump en la Casa Blanca y se despide de este despacho con el mismo presidente, que ha hecho de su crítica a los organismos internacionales una de sus señas de identidad. También ha coincidido con un desorden mundial cada vez más pronunciado, con conflictos en Ucrania, Oriente Próximo y Sudán en los que la ONU cada vez tiene más difícil hacer oír su voz. El cambio climático, el asunto que él dijo al inicio de su mandato que sería uno de sus grandes pilares, tampoco está dando buenas noticias. Y la irrupción de la inteligencia artificial y sus riesgos añade otro foco de incertidumbre. En este contexto, los problemas cada vez más evidentes para encontrar sustituto son tan solo el reflejo de las crecientes tensiones entre las grandes potencias.
Guterres mide sus palabras con diplomacia, pero lanza mensajes de calado. Cuando se le pregunta por las críticas del presidente Trump a elementos claves del multilateralismo, responde, sin mencionar por su nombre a Estados Unidos, que países importantes han mostrado una voz crítica, pero que eso no le ha hecho modificar su discurso.
Al despedirse, da el pésame por la catástrofe ferroviaria que ha golpeado a España pocas horas antes de la entrevista.
Pregunta. Tras una década al frente de la ONU. ¿De qué se siente más orgulloso?
Respuesta. No siento ningún orgullo de nada, porque aquí estoy cumpliendo con mi deber. El juicio lo tendrán que hacer otros.
P. ¿Y cuál es su mayor frustración?
R. Hay una muy fuerte. Naciones Unidas tiene una obligación fundamental sobre la paz y seguridad del mundo. Y el órgano responsable de ello, el Consejo de Seguridad, tiene un problema serio de legitimidad y de eficiencia. De legitimidad, porque su composición no corresponde al mundo de hoy. El Sur Global está muy mal representado, y África y América Latina no tienen miembros permanentes. Y hay un problema de eficiencia por las fuertes divisiones geopolíticas. En el Consejo hay una incapacidad de tomar decisiones fundamentales para la prevención o resolución de conflictos. Dos miembros permanentes están involucrados en guerras, lo que crea un clima de impunidad total. La interferencia exterior en los conflictos es cada vez mayor, con Sudán como ejemplo más evidente. Los actores piensan que pueden hacer lo que quieran, y eso hace que nuestra labor de mediación sea sumamente difícil.
P. Y en este escenario con el Consejo de Seguridad bloqueado, ¿qué margen de maniobra tendrá quien le sustituya?
R. Será muy importante mantener la fidelidad a los principios; y hacerlo sin dos varas de medir. Es algo que nosotros hemos conseguido. Condenamos la invasión rusa de Ucrania con la misma claridad que defendemos el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. Condenamos el ataque de Hamás del 7 de octubre, al igual que la muerte y destrucción en Gaza. Siempre que se viola la ley internacional, tenemos una posición muy clara. No hacemos una diplomacia transaccional o de negocios, sino una diplomacia basada en el respeto a la ley internacional y a los valores de la Carta de las Naciones Unidas. Es muy importante. Si se pierde ese referente, entramos en un mundo sin reglas, lo que sería un desastre para todos.
P. En este edificio donde estamos, Trump arremetió el pasado septiembre contra el Tribunal Penal Internacional. El año pasado, definió la lucha contra el cambio climático como la mayor estafa de la historia y cargó contra las instituciones multilaterales, en las que no cree. ¿Ha comprometido esa actitud del presidente de Estados Unidos su trabajo en la ONU?
R. La mayoría absoluta de los miembros de Naciones Unidas están decididos a trabajar en el marco multilateral y apoyan nuestra labor. Hay voces críticas, pero no han conseguido paralizar nada. Todo lo que teníamos en nuestro programa, incluyendo asuntos como el cambio climático y la inteligencia artificial, se ha concretado. Algunas veces con el voto en contra de algunos países, incluso de los importantes. Pero avanzamos sin hacer concesiones. Estamos decididos a avanzar en todas las áreas, incluso en aquellas que algunos países, aunque sean muy poderosos, no están de acuerdo.
P. Usted ha alertado de los riesgos de la inteligencia artificial, mientras que Trump solo ve ventajas de esta tecnología. En un contexto de competencia entre las potencias, ¿no es poco realista pensar en una moratoria para reflexionar a qué modelo de IA aspira la humanidad?
R. En primer lugar, las empresas deben mostrar transparencia sobre los riesgos medioambientales de los distintos productos que desarrollan. Con esa transparencia sería posible establecer mecanismos multilaterales de diálogo, cooperación y crear normas que permitan una supervisión de los riesgos de la IA. Creo que eso es posible. Durante la Guerra Fría, siempre hubo canales de comunicación entre Estados Unidos y Rusia para evitar situaciones que pudieran conducir a una catástrofe mundial. Creo que ahora pasa lo mismo. El mayor peligro sería la concentración de capacidades en Estados Unidos y China. Una competición, sobre todo en instrumentos militares para crear armas basadas en inteligencia artificial, podría tener consecuencias absolutamente devastadoras. Y por eso que hay que establecer canales de comunicación [entre las grandes potencias] que eviten una catástrofe.
P. Cuando usted llegó a la ONU planteó la lucha contra el cambio climático como una de las bases de su mandato. En este periodo, Estados Unidos se ha retirado del Acuerdo de París y las guerras en Ucrania y Oriente Próximo han desplazado la atención a otros asuntos. ¿Está la humanidad perdiendo esta batalla?
R. En este momento aún la estamos perdiendo. Aún estamos al nivel máximo de las emisiones y ya está claro que vamos a superar el umbral de 1,5 grados [de aumento sobre los niveles preindustriales], al menos durante algún tiempo. Pero tenemos de nuestro lado la ciencia, la economía y la seguridad. La electricidad más barata es la que se produce con energías renovables. Y la ciencia continúa evolucionando de una forma muy positiva, por ejemplo, en los coches eléctricos. Y los problemas que hemos visto en el estrecho de Ormuz o en el mar Negro demuestran que los combustibles fósiles no garantizan la seguridad de suministro energético. La era de los combustibles fósiles está llegando a su fin. Sobreviven con subsidios irresponsables. Sería mucho mejor aplicarlos a las comunidades que hoy sufren el impacto negativo del cambio climático. La industria petrolera continúa luchando con una propaganda, pero esto va a cambiar más rápidamente de lo que se piensa.
P. En estos años, la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina ha sufrido unos ataques brutales en Gaza. ¿Es necesario un pronunciamiento más fuerte sobre los actos de Israel?
R. Si me acusan de algo es de ser demasiado radical en la defensa de los derechos del pueblo palestino y de la UNRWA, que tiene un papel esencial en la ayuda humanitaria a las poblaciones palestinas refugiadas, no solo en Gaza y Cisjordania, sino también en Siria, Jordania y Líbano. Estamos reformando la institución para garantizar la total neutralidad de la organización. Pero la organización sigue apoyando a los refugiados palestinos. Y nosotros seguimos con una posición muy firme de defensa de un mandato muy claro de la Asamblea General de Naciones Unidas.
P. En una entrevista con este periódico en 2023 decía que no veía posible la paz en Ucrania porque los dos bandos creían que podían ganar. Han pasado casi cuatro años. ¿Cree ahora que la presión de Estados Unidos a Ucrania puede hacer que esa paz esté más cerca?
R. Parece evidente que hay una posición, yo diría que equivocada, de Estados Unidos sobre el conflicto entre Ucrania y Rusia. Pero las posiciones de los dos ejércitos se mantienen más o menos iguales. Hay un bombardeo brutal, sobre todo de infraestructuras energéticas por parte de Rusia y Ucrania. Ese es el principal riesgo que Ucrania sufre ahora. Pero sé también que el pueblo ucranio está decidido a resistir. No veo una solución del conflicto a corto plazo. Yo sería favorable a un alto el fuego inmediato. Pero Rusia no lo acepta porque quiere que se le entreguen los territorios de Donetsk que aún están en manos de Ucrania, algo a lo que Ucrania, como es lógico, se niega. Este bloqueo se mantiene porque las dos posiciones son hasta ahora irreductibles.
Source: El País · Luis Doncel
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