Todas las noches hablo brevemente con mi hermana, mi padre, mis abuelos. Todos están muertos. Les digo que los extraño. Les prometo que, cuando me toque partir, iré a buscarlos para darles un abrazo, si tal cosa es posible.

No hablo, sin embargo, con el actor. No me atrevo. Pienso que tal vez se quitó la vida por mi culpa. Me entristece recordar que pudimos ser amigos y acabamos siendo enemigos. No me perdonó que yo escribiera pensando en él. Se sintió traicionado. Yo solo sé escribir de las personas que no puedo olvidar. Escribir sobre ellas es una manera de hablarles, de no perderlas del todo. No podría escribir sobre gente irrelevante. No me sentiría inspirado.

Entonces me ocurre a menudo que las historias que debo contar son aquellas que otros desearían que no contase. El punto de vista del escritor es la mirada del artista: vivo para contarlo todo, me expreso artísticamente narrando las historias que, por su belleza, o su tristeza, se han instalado en mi memoria, y se niegan a salir de allí, y me exigen, levantando la voz, atormentándome, que las escriba, les dé vida, las eche a volar. Al relatar esas historias que se me han impuesto y me han resultado inevitables, sé que algunas personas se enojarán conmigo, alegando que he sido infidente, he contado secretos que no debía revelar, he asaltado las arenas de su intimidad como un pirata: me ha ocurrido con mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis amigos, mis amantes. El precio de ser leal a mi voz díscola ha sido enemistarme con muchos de ellos, quienes ahora no confían en mí. No me arrepiento. Los escándalos pasan, los libros quedan. El arte es largo, la vida es breve. No quiero ser un funcionario de la cultura, prefiero ser un escritor. No he nacido para ser un caballero. Elijo quemar en la hoguera del arte todas mis reputaciones. Elijo quedarme solo. Elijo que mis novelas sean lentas e incomprendidas agonías.

Hace más de diez años escribí una ficción voluminosa de setecientas páginas sobre mi familia. La titulé “La sagrada familia”. No me he atrevido a publicarla. Tontamente, la he presentado, sin suerte, a un par de premios. No debería ofrecerla a más concursos literarios. Los escritores que se consideran destinados a un galardón o una medalla tal vez no advierten que la vanidad es una trampa peligrosa y los premios a menudo vienen con veneno, sobre todo cuando están dotados de cuantioso dinero. De pronto el autor se da un baño de dicha, pero el lector, que no es tonto, descubre que la novela premiada no vale tanto y, al mismo tiempo, ciertos colegas del escritor coronado susurran maliciosamente a sus espaldas que el premio es un fraude, que el jurado no leyó nada y que la editorial eligió a la obra ganadora pensando no en la excelencia artística, sino en su provecho económico.

Me pregunto si debo publicar “La sagrada familia” en dos o tres años. No he querido publicarla porque tengo miedo. Sé que a mi madre no le gustará, a mis hermanos no les gustará, a mis tíos y a mis primos no les gustará. Sé que mi padre, muerto hace veinte años, tampoco le encontrará méritos, si acaso decide perder su tiempo leyéndola en un bar o un quilombo del más allá. Me he demorado en publicar la novela no solo por temor a ganarme las iras santas de mis parientes y quedarme más solitario de lo que ya estoy, sino también porque, año tras año, la sagrada familia, con sus pleitos y enconos, sus rencillas y guerrillas, sus delaciones y traiciones, me ofrece generosamente unas historias fabulosas que no tardo en escribir, unas historias que yo no habría sido capaz de fabular y han servido para enriquecer la trama, dotar a los personajes de una densidad más humana y contradictoria y sembrar en sus jardines laberínticos las flores del mal, que suelen ser los brotes del humor.

Las principales editoriales en español, cuyos jefes al parecer han leído unas copias antiguas de “La sagrada familia” que mi agente literaria les entregó hace una década, me piden que la publique sin más dilaciones el próximo año. Yo les digo que la novela está inacabada. No sé si estoy mintiendo. Tal vez la novela está lista y soy yo quien no está listo para ir a la guerra con ella. La duda más persistente, que suele atacarme de madrugada, cuando las mujeres de mi casa duermen plácidamente, es si debo publicarla en un solo volumen, o en dos. De momento, el libro consta de tres partes: la parte de mis hermanos cuando no eran ricos; la parte del tío millonario que agoniza y cuya herencia nadie sabe bien a quiénes habrá de favorecer; y la parte final de mis hermanos obscenamente ricos gracias al tío difunto y la familia de pronto dividida porque el dinero acaba siendo una flor de cicuta que nos cambia a todos, y no precisamente para bien. No sé si publicar esas tres partes en un solo ladrillo de setecientas páginas, o si publicar primero la historia del tío millonario, que es el gran personaje de la trama, el que cambiará la fortuna de la familia, y después, en un mamotreto separado, que vería la luz un año o dos más tarde, la historia de mis hermanos antes y después de ser ricos, es decir la saga de la familia cuando estaba incontaminada por la plata y, tras recibir la herencia millonaria, termina dividida en litigios y emponzoñada por la codicia.

El conflicto moral entre los límites de la creación artística y las fronteras éticas y hasta legales que imponen las personas en aras de preservar su intimidad me ha perseguido la vida entera. Por una parte, el escritor necesita expresarse con absoluta libertad para contar la historia que desea narrar. Esa historia, por mucho que se parezca a la realidad, es una invención, una ficción, desde el momento en que el escritor la anuncia como tal y, a veces, aunque no siempre, cambia los nombres a las personas reales que acaso han inspirado a los personajes de la trama. Al ser una novela, una fantasía, un artefacto literario, nadie debería darse por aludido ni sentirse agraviado. Por otra parte, me ha ocurrido a menudo que aquellas personas reales, que el narrador ha recreado en personajes sospechosamente parecidos a ellas, se sienten retratadas, exhibidas a su pesar, desnudas contra su voluntad, saqueadas en su intimidad, traicionadas por el artista pirata que las aborda, les revuelve las vidas y se lleva sus tesoros para contarlos desde las convenientes licencias de la ficción.

Es un problema sin aparente solución. Si no publico la novela por temor a que mi madre y mis hermanos se enfaden conmigo, me sentiré derrotado, acallado, pensaré que se ha impuesto la censura puritana, religiosa, y moriré un poco como escritor, aunque mi familia, en apariencia, siga queriéndome. Si, en cambio, voy a la guerra y publico la novela, mi madre y mis hermanos se enojarán conmigo, dejarán de hablarme y, sin detenerse a celebrar el humor y la irreverencia del texto, dirán que he ventilado impúdicamente los secretos de la familia para ganar dinero, y ninguno me agradecerá por haberle cambiado el nombre siquiera levemente. Al final del día, es una batalla entre el arte y la religión, entre la libertad y la censura, entre la insolencia y el pudor. El escritor quiere contarlo todo, particularmente aquello que no debería contar, y cree que su obra solo tendrá valor artístico si se permite ser libre, emancipándose de las servidumbres que imponen el honor y el pudor. La familia, los aludidos, prefiere que el escritor se reprima, se inhiba, se llame a silencio y, si tanto necesita expresarse, escriba de otras cosas, sin invadirle la intimidad y contar unos secretos que considera suyos, intransferibles. Mis parientes desean salvar sus reputaciones. Yo sueño con publicar la novela. Por el momento, ambos propósitos riñen y parecen incompatibles.

No está en mis planes morirme pronto para que mi esposa publique luego “La sagrada familia”. Tampoco quiero esperar a que mi madre viaje al encuentro con Dios para recién entonces atreverme a airear la novela, pues deseo que ella viva muchos años más y llegue tan oronda a los cien. Así las cosas, conviene ser pesimista y prepararme para lo peor: cuando finalmente reúna el coraje para ir a la guerra con esa novela, me quedaré solo, encerrado en casa, y contaré los años sin volver a la ciudad del polvo y la niebla, donde la sagrada familia me recordará, si acaso, con acritud. Ya lo advirtió el poeta: “Cuando un escritor nace en una familia, esa familia está acabada”.

Source: La Nación · Jaime Bayly

At a glance

Topic
World
Country
🇦🇷 AR
Publisher language
ES
Added to Allnira