Autores: Maiamar Abrodos y Gonzalo Quintana. Intérprete: Maiamar Abrodos. Vestuario y escenografía: Antonela Fucenecco. Ilustraciones: Carola Fiadone. Producción ejecutiva: Sofía Fernández. Producción: Zvonomir dobrovi, This is a Domino Project. Dirección: Gonzalo Quintana. Sala: Nün Teatro Bar (Juan Ramírez de Velazco 419). Funciones: sábados, a las 22.30. Duración: 80 minutos. Nuestra opinión: Muy Buena
Si bien es cierto que hay una tendencia claramente afirmada en una zona de la escena argentina que gira alrededor de lo que se conoce como teatro documental o biodramático, los proyectos que se inscriben dentro de esa línea juegan con múltiples variaciones y búsquedas, por lo que no puede reducirse cada uno de ellos a lo mismo. Todos mis cuerpos se inscribe en esa línea, pero sigue muy de cerca la poética de su director, Gonzalo Quintana, quien parece trabajar, entre sus múltiples otros temas, con la idea de “cómo se hace un artista”: adentrarse en los mecanismos profundos de la construcción de una identidad, con sus temores, sus búsquedas y, también, sus fracasos. Eso que profundizó de manera magistral en La consagración de nadie, su obra anterior, vuelve a aparecer ahora, con la complejidad de agregarle la dimensión identitaria sexual.
Maiamar Abrodos es una de nuestras artistas más importantes de la escena. Supo ganarse un lugar fundamental en lo estrictamente artístico, pero también en la pedagogía —a través de su rol docente en la Escuela Metropolitana de Arte Dramático y en la Universidad Nacional de las Artes— y en la militancia social. Fue una de las primeras mujeres trans en lograr una nueva identidad en su DNI. Este recorrido resulta pertinente porque Todos mis cuerpos gira exactamente alrededor de eso: es un proyecto de teatro documental que habla de la actriz Abrodos, de cómo se hizo artista a la vez que mujer.
Emilio, Emili y Maiamar parecen ser un hilo invisible que conecta las escenas y los distintos relatos, en los que aparecen maestros de la escena e influencias familiares de la protagonista. Con un juego permanente con fotos y una gran capacidad evocativa, Abrodos pone sobre la escena, con honestidad brutal, todo lo vivido: desde la mirada amorosa de una abuela hasta la de una profesional que la acompañó en parte de su proceso identitario. Estas miradas se entremezclan con las de las maestras de actuación y las figuras masculinas del abuelo, el padre y el hermano.
La obra trae a escena una sumatoria casi infinita de pilares de la actriz, ya fallecidos, mientras resguarda en el anonimato a todos aquellos que aún viven. Esconde incluso el nombre de sus gatos vivos, pero nombra con amor a las mascotas que tuvo y ya no están. El mismo gesto se extiende a las personas: aparecen abogados que litigaron para conseguir la autorización de transición de género, parejas de amigos y hermanos de la vida.
Abrodos entrega con crudeza los relatos de una vida por demás singular, atravesada no solo por las complejidades cotidianas de cualquier persona, sino también por la militancia por los derechos humanos y civiles de las personas sin discriminación de ningún tipo, y por el proceso médico de transformación en el que Emilio deja de ser tal para dar nacimiento, finalmente, a Maiamar. “¿Qué tipo de vagina querés, húmeda o seca?”, le pregunta el médico antes de la operación. Emilio no sabe qué responder y lo conversa con su madre, quien le recomienda claramente una. Son conversaciones complejas y plagadas de ternura y humor, porque si hay algo que tiene Abrodos es capacidad de reírse de sí misma, sin que eso implique disminuir el valor simbólico que ese cuerpo tiene para quienes continúan hoy un camino abierto por esa militancia. Como narra, esta fue sometida en su momento a una decena de procedimientos médicos hasta lograr que un juez finalmente falle y dictamine.
Quintana posee como director la sensibilidad para hilvanar una vida que parece tener un sinfín de giros dramáticos y cómicos, seleccionando los más relevantes. Para lograr esa “verdad escénica”, construye un juego dramático muy simple: Abrodos se encuentra en escena para dar una clase y los espectadores son sus alumnos. En la ficción, es una clase sobre el espacio escénico, y lo es. Pero, en realidad, se trata de una clase sobre perspectiva, punto de vista, punto de fuga y líneas rectas y diagonales, de modo de hacer un uso simbólico, y no técnico, de todos esos conceptos.
Todos mis cuerpos exige un espectador dispuesto a cambiar el punto de vista, a mirar desde una perspectiva que no parece tener un único punto de fuga, que asoma y se esconde con la misma intensidad. La puesta se apoya en Abrodos como figura central y organizadora del relato. Es cierto que un juego más preciso de lo lumínico ayudaría, y mucho, a completar el proyecto. Pero también lo es que ella lo invade todo y logra que el espectador olvide una luz no tan bien puesta o una oscuridad que no debió estar.
Por Federico IrazábalSource: La Nación · Federico Irazábal
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