Estaban transitando el duelo por la muerte de la primera perra con la que convivió la familia hasta que, un año después, la vida los cruzó con Mili. “Cuando murió aquella perra, el más afectado fue Santi. Al año llegó Mili. Él entonces tenía 6. Para mí el duelo siempre es una oportunidad para trabajar la manera en que integramos la muerte en lo cotidiano, sacarle el drama sin sacarle el dolor, darle lugar y que forme parte de la historia. Creo que cada muerte que atravesamos de chicos nos deja una cajita de herramientas, y la muerte de Indy y la llegada de Mili fueron un poco eso para ellos”, recuerda Mariana Pérez.

La intención original era que Mili pudiera acompañar a Santiago pero enseguida la perra se pegó a Mariana y estaba todo el tiempo con ella. Jugaba con los chicos y creció con ellos.

Sin embargo, a comienzos de 2025, Mili comenzó a manifestar problemas en la piel. “Ella solía tener esos parches calientes que les salen a los perros de mucho pelo, pero esta vez no se curaban”.

El diagnóstico fue severo: lo que había era un cáncer de piel muy agresivo que crecía por fuera y también por dentro. “Estaba muy avanzado, fue todo muy repentino, ya había metástasis y ganglios comprometidos. Hicimos lo que se podía hacer pero no queríamos que tuviera que enfrentarse a una quimioterapia”.

La familia y la veterinaria de cabecera de la perra decidieron que irían por el camino de los cuidados paliativos. El objetivo era simple: que se le curaran las heridas y que la perra pudiera acostarse tranquila.

“Con el diagnóstico hubo algo que me impactó mucho. Años antes, mi papá había tenido un cáncer de piel que se transformó en melanoma y después hizo metástasis. Así que no era algo nuevo para mí, y además por mi trabajo siempre estuve muy cerca de lo oncológico. Lo tomé con mucha tristeza pero también con naturalidad”.

El camino de Mariana Pérez en la integración de la muerte como un proceso natural de la vida había comenzado en 2009, tras acompañar a una amiga cercana durante una enfermedad oncológica. Ese proceso la llevó a formarse en la unidad de cuidados paliativos del Hospital Tornú y, más tarde, en la Asociación Civil El Faro, donde realizó especializaciones en Tanatología, Acompañamiento en Fin de Vida y Duelo. En su hogar, la finitud nunca fue un tema tabú, sino un concepto conversado abiertamente junto a sus hijos.

La transición final de Mili involucró activamente a toda la familia. Aunque para los hijos —Santiago ya con 18 años— no fue un proceso sencillo aceptar la finitud del tratamiento, las conversaciones abiertas permitieron consensuar el momento indicado para evitar el sufrimiento innecesario.

“Los chicos querían intentar algo más por ella, no fue fácil, hablamos mucho sobre qué era el sufrimiento para cada uno y cuándo era el momento. Pero pudieron armar ese nido con nosotros y saber, con todo el dolor, que la estábamos despidiendo. Fue muy doloroso y a la vez sintieron alivio de que estuviera en casa, acompañada, eligiendo ella dónde quedarse, y nosotros nos mantuvimos atentos”.

A medida que el cuadro avanzaba, Mili comenzó a manifestar las señales físicas habituales del declive vital: rechazo del alimento y el agua, disminución de la diuresis, menor movilidad y cambios en el patrón respiratorio. Ante esto, la familia reorganizó el espacio del living para armarle una cama a su medida y acompañar su quietud.

Mariana permaneció junto a ella en sus últimos días, alternando sus tareas con el cuidado de Mili. “Por mi trabajo me pude tomar esos días para estar en casa con ella. Fue un tiempo de mucho aprendizaje, vi cómo se iba apagando su cuerpo, con todo el dolor. Lloraba, me daba un baño, volvía a acostarme cerca, trabajaba un rato con ella a mis pies, me movía y ella venía atrás… hasta que ya no se movió más y entonces me quedé yo a sus pies. Para mí ese fue el gesto de amor más grande entre las dos".

La última noche Mariana durmió al lado de Mili y los chicos se despidieron de madrugada. A la mañana respiraba agitada, ya había sufrimiento. La perra esperó a la veterinaria, y cuando la vio llegar se relajó y sucedió la eutanasia en un entorno de calma y afecto.

El proceso posterior al fallecimiento de Mili y la entrega de sus cenizas —que coincidió con la fecha de cumpleaños del padre de Mariana— puso de manifiesto la necesidad de contar con espacios de acompañamiento más empáticos y profesionalizados para el duelo por animales de compañía.

De esa vivencia nació Huellas del Alma, una iniciativa orientada a brindar contención y herramientas a familias que atraviesan la pérdida de sus animales. Hoy, Santiago se encarga de la comunicación del proyecto, transformando el legado de Mili en un servicio hacia la comunidad.

“Lo que me dejó la muerte de Mili es haber podido acompañarla desde mi rol, igual que acompaño a una persona. Hacer su nido, su umbral, como doula. Y entender que era parte de la familia, que los vínculos son más fuertes que el rol que tenemos en ellos. Hoy Mili es nuestra embajadora. No quiero romantizarlo, pero sí creo que la muerte nos da la posibilidad de mirarnos, de ver dónde están nuestros miedos, y también el amor”.

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Source: La Nación · Jimena Barrionuevo

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