Reforzar los presupuestos destinados a infraestructura, revisar las currículas y planes de estudio, capacitar a los docentes y elevar sus salarios, reducir las huelgas, entre muchas otras medidas posibles tendientes a mejorar nuestro alicaído sistema educativo, pierden absolutamente su sentido si los chicos no concurren a las aulas. Que falten a clase es incompatible con los aprendizajes y, en la Argentina, se pierde al menos un mes de clases. Ese tiempo no se recupera.
La activa organización Argentinos por la Educación encaró una investigación para conocer las razones de las ausencias. El número de chicos del nivel socioeconómico más bajo que faltaron más de 15 veces al año se elevó un 20% para 2024 en relación con 2022.
Los niños más vulnerables refieren las dificultades para llegar al colegio que plantea la lluvia, con calles anegadas y ropa embarrada y mojada que puede tardar más de un día en secarse. También están los que revelaron no tener ganas, un 27%. En el nivel más alto, ese porcentaje trepa al 49%. Unos y otros enfrentan el mundo desde posiciones de partida que, debiendo ser equitativas, no lo son.
Correspondería realizar un análisis paralelo que observara la actitud de los padres, desde el desentendimiento al sometimiento, con infinidad de matices, ante las decisiones de sus hijos. Una cuestión claramente ligada con el sistema de valores en crisis que atraviesa a nuestra sociedad que descree del mérito y el esfuerzo, que desafía el principio de autoridad y no practica el respeto.
Otro estudio del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y Fundar reveló que la mayoría de los chicos de barrios populares faltan por motivos ajenos a la salud que incluyen que no hubo clases, que no hubo ganas, que no tenía la SUBE para transportarse, que debieron trabajar o cuidar a un hermano. A diferencia de aquellos cuya única responsabilidad es ir al colegio, estos chicos toman lecciones cotidianas de supervivencia, obligados muchas veces tempranamente a tener que trabajar o ayudar en el hogar.
La experta Guillermina Tiramonti planteó una tan dolorosa como válida hipótesis detrás de este estado de cosas: la escuela ya no es valorada por la sociedad. Desde ese escenario analiza que puede haber agentes más eficientes para transmitir conocimientos, que la escuela enseña tan alejada del mundo contemporáneo que aburre así a los chicos. La escuela, tal y como la conocemos, nació de una realidad muy diferente a la digital y debería transformarse para seguir siendo agente de distribución equitativa de saberes y habilidades, plantea. ”Lo que tenemos que lograr es que la escuela se constituya con éxito en un polo de atracción”, en palabras de Tiramonti.
Las condiciones para que los chicos concurran a las aulas deben estar aseguradas porque la igualdad comienza con la posibilidad de ir a la escuela. Es igualmente importante lograr que el ámbito educativo les resulte atractivo. Nuestra sociedad enfrenta el desafío de dar respuesta a las nuevas realidades. La transformación de la escuela es impostergable.
LA NACION
Source: La Nación · LA NACION
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