OPINIÓN

28 de octubre de 202606:002'minutos de lectura

La historia está llena de irónicas venganzas. La rueda de la fortuna aplastando a los que creían hacerla girar. Confiados en su destino. Y arrollados en el momento menos esperado. Como al famoso fraile dominico del siglo XV. Ese que entró en la historia con ánimo justiciero y purificador. Para salir de la historia por la puerta chica de la infamia. E imprimirle su nombre a la barbarie. Disfrazada de cruzada santificadora. El que se creyó Dios. Dueño de todo lo bueno. Y juez de todo lo malo, encarnado en los otros. Pero era demasiado humano.

Girolamo Savonarola encendió las llamas. Para quemar los libros prohibidos. Purgar herejías. Y condenar herejes. Sin piedad. Ni dudas. Desbordado de certezas. Verdades irrefutables. Y palabras definitivas. Para todo. Para todos. Y por encima de todos. Alentado por sus fieles. Que fueron multitud. Contra los que no tenían fe. Y los que rechazaban sus condenas. Y condenaban su prédica. Furibunda. Violenta. Ilimitada. La del “profeta de los últimos tiempos”. El que mandó a la hoguera de las vanidades todo lo pecaminoso. Hasta que perdió la popularidad. Por no poder demostrar los milagros que pregonaba. Y terminar en la hoguera que tantas veces encendió. Ironía del destino. Justicia divina. O justicia poética. Pero sin metáfora.

Source: La Nación · Claudio Jacquelin

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