Cada vez que Sol Díaz Pugh cruzaba el puente peatonal sobre las vías del ferrocarril Mitre, en Colegiales, esperaba el paso del tren, saludaba al maquinista y pedía un deseo. Lo hacía durante los traslados cotidianos a sus tratamientos médicos, en un período de su vida marcado por la incertidumbre, las internaciones y las noticias que llegaban después de cada estudio. Lo que comenzó como un gesto íntimo, compartido inicialmente con sus hijas, terminó convirtiéndose en una expresión colectiva de esperanza.

Oriunda de Gaiman, Chubut, Sol llegó a miles de personas a través de las redes sociales y hoy su historia tiene una consecuencia concreta en la Ciudad de Buenos Aires: este jueves, la Legislatura porteña aprobó por unanimidad, en primera lectura, el proyecto de ley para que el tradicional puente peatonal conocido como Puente Zabala pase a llamarse Puente de la Esperanza.

La iniciativa surgió de la Comuna 13 en conjunto con las autoridades del Instituto Alexander Fleming, situado en las inmediaciones del cruce y donde Sol se atiende desde 2024. El cambio de denominación busca reconocer el significado que el lugar adquirió espontáneamente para pacientes, familiares y vecinos que encontraron allí un espacio para expresar deseos y acompañar sus propios procesos.

Pero detrás del nuevo nombre hay una experiencia personal que explica cómo un puente de uso cotidiano llegó a convertirse en un punto de encuentro para personas que atraviesan situaciones de salud complejas.

En septiembre de 2024, Sol sintió un fuerte dolor en el pecho mientras trabajaba. Al principio creyó que podía tratarse de una molestia muscular relacionada con el entrenamiento, pero pronto advirtió que era algo diferente. Se acercó a una guardia médica y, después de los primeros estudios, los profesionales descartaron un problema cardíaco.

Una tomografía permitió detectar una masa en el mediastino, la zona situada entre los pulmones. El oncólogo que la atendió en Trelew le indicó que debía trasladarse con urgencia a Buenos Aires para continuar los estudios.

“Tuve el resultado de la biopsia un viernes y el jueves siguiente ya estaba en mi primera quimioterapia. No había tiempo para nada”, contó en una entrevista con LA NACION.

La biopsia confirmó que tenía un linfoma de Hodgkin. El tumor medía cerca de diez centímetros y comprimía distintos órganos, por lo que fue necesario iniciar rápidamente el tratamiento. Sol comenzó un esquema de quimioterapia intensiva que requería cinco días de internación cada 21 días.

Sol Díaz Pugh en el puente de Colegiales donde comenzó la costumbre de pedir un deseo al paso del tren durante su tratamiento oncológicoGentileza

Completó seis ciclos y, cuando los médicos realizaron los estudios de control, recibió una noticia favorable: el linfoma había desaparecido. Sin embargo, en esos mismos controles detectaron dos pequeños nódulos en uno de sus pulmones.

Los análisis posteriores identificaron una segunda enfermedad: un mesotelioma pleural maligno. Para tratarla, el equipo médico decidió extirpar un lóbulo pulmonar completo. Después de la operación, Sol debió realizar otros seis ciclos de quimioterapia, esta vez de manera ambulatoria.

Su permanencia en Buenos Aires se extendió durante un año. Había llegado en septiembre de 2024 y recién pudo regresar a su casa en la Patagonia a fines de septiembre de 2025. Durante ese período, los traslados entre el lugar donde se alojaba y el centro médico se volvieron parte de su rutina. En esos recorridos, el puente comenzó a ocupar un lugar especial en su vida.

Sol contó que pasaba por allí prácticamente todos los días. En uno de esos trayectos recordó una canción de Andrés Calamaro que había escuchado mucho durante su adolescencia y cuya letra alude a pedir un deseo cuando pasa un tren.

A partir de esa asociación, empezó a detenerse unos instantes para esperar el paso de las formaciones. Saludaba al maquinista y, en ocasiones, recibía una respuesta. Ese intercambio fue adquiriendo un significado personal en medio de un período de enorme incertidumbre.

“Yo sentía que alguien estaba recibiendo mi deseo”, explicó.

No se trataba de una práctica que hubiera planeado compartir públicamente. Para Sol, era una forma de encontrar un momento propio durante los días difíciles, una costumbre que se sumaba a su fe y al acompañamiento de sus hijas.

“En estas situaciones, cuando uno está tan vulnerable y con problemas de salud complejos, se aferra a estas cosas de la esperanza. Son pequeños gestos que ayudan, que suman. Y a mí me ayudó muchísimo sentir que me respondían”, relató.

Con el paso de los meses, el ritual se integró a la vida familiar. Sus hijas también fueron al cruce peatonal y participaron de esa costumbre. Durante las internaciones, buscaron acompañarla con pequeños gestos que les permitieran compartir momentos distintos en medio del tratamiento, como llevarle globos de colores o hacer burbujas en la habitación.

La experiencia adquirió otra dimensión cuando, después de finalizar las quimioterapias, conoció a una persona que acompañaba a su madre en un tratamiento contra el cáncer. En la sala de espera donde recibió la noticia favorable de sus últimos estudios, le contó la historia del puente y de los deseos.

Esa persona encontró en el relato una forma de acompañar a su madre y le propuso compartir la experiencia. Entonces, Sol escribió un texto sobre lo que había vivido. A partir de esa iniciativa, se preparó una placa que fue colocada en el puente después de que un primer control médico arrojara resultados alentadores.

La placa comienza con una invitación: “¿Te cuento algo?”. Allí, Sol relata que durante un año de tratamiento oncológico cruzó muchas veces ese puente y que, en cada recorrido, esperaba el tren, pedía un deseo y saludaba al maquinista.

“Siempre mis deseos se hicieron realidad”, escribió.

El mensaje continúa con una frase que resume el significado que ese espacio adquirió durante su enfermedad: “En el corazón de este puente, celebré la esperanza y hoy, sana, celebro la vida”.

Finalmente, invita a quienes pasan por allí a sumarse a la costumbre que la acompañó durante aquellos meses: “Recordá pasar y pedir tu deseo... el tren siempre responde... Aquí hay magia...”.

La placa, que inicialmente expresaba una vivencia personal, comenzó a llamar la atención de quienes transitaban esa zona de Colegiales para cruzar la traza ferroviaria. Una fotografía difundida en redes sociales en enero de 2026 multiplicó su alcance y dio a conocer el mensaje mucho más allá del barrio.

Con la difusión de la historia, el paso peatonal empezó a recibir nuevas expresiones de quienes encontraron en ese relato una forma de representar sus propias experiencias. Se sumaron candados, cintas de colores, pulseras y pequeños objetos que las personas dejan junto a la placa. Muchos llevan nombres o palabras escritas y representan deseos vinculados, en gran medida, con la salud: la recuperación de un paciente, el resultado favorable de un estudio o el final de un tratamiento.

“Cuando no tenemos problemas, vivimos a mil con el trabajo, la familia y las obligaciones. Pero cuando llega un golpe así, que te obliga a frenar, todo cambia de perspectiva”, reflexionó.

En su cuenta de Instagram, Unpuentedeesperanza, Sol continúa compartiendo sus vivencias y los mensajes que recibe de quienes se acercan al puente o encuentran en su historia una forma de expresar lo que están atravesando.

La Legislatura aprobó el cambio de nombre

Este jueves, la Legislatura de la Ciudad aprobó en primera lectura el proyecto para denominar Puente de la Esperanza al puente peatonal metálico conocido como Puente Zabala, que cruza las vías del ferrocarril Mitre a la altura de la estación Colegiales y conecta las calles Moldes y Crámer.

La propuesta fue impulsada por la Comuna 13, presidida por Florencia Scavino, en un trabajo conjunto con las autoridades del Instituto Alexander Fleming. El expediente sostiene que el lugar dejó de ser solamente un paso peatonal y adquirió un significado vinculado con las experiencias de pacientes, familiares y vecinos.

El proyecto señala que la difusión de la placa permitió conocer historias de personas que cruzaban el puente camino a sus tratamientos, de familiares que acompañaban a sus seres queridos y de vecinos que reconocieron en ese sitio un momento importante de sus propias vidas.

Por Valeria Azerrat

Source: La Nación · Valeria Azerrat

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