BRASILIA.– En apenas 24 horas, el presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, pareció hablar para dos públicos distintos. El jueves, ante el Consejo de Minerales Críticos, advirtió que nadie invertirá en Brasil “por los lindos cabellos de Lula o de Alckmin” y que el país necesita una “economía ordenada”. El viernes, al cerrar la semana con una reunión ante el Consejo Nacional de Política Energética, le marcó la cancha al mercado: “Lo único que tienen que saber es que el pobre no pagará la cuenta”. Y agregó: “No es lo que el sistema financiero quiere, porque ellos lo quieren todo”.

Ese vaivén resume el dilema con el que arrancará el cuarto mandato de Lula, de 81 años. Hace dos semanas dio vuelta una elección que parecía perdida y venció por 4,4 millones de votos al senador Flavio Bolsonaro, que dos días después de la derrota huyó a los Estados Unidos. La remontada se apoyó en una movilización de jóvenes, jubilados y movimientos sociales que hoy le exige no cortar un solo centavo del gasto social.

Lula da Silva, habla durante una reunión del Consejo Nacional para la Industrialización de Minerales Críticos y Estratégicos, en el Palacio del Planalto, en BrasiliaEVARISTO SA - AFP

Del otro lado, los números aprietan. La deuda bruta llegó al 82,9% del PBI, más de diez puntos por encima de la que Lula recibió en 2023. El dólar cerró el jueves a 5,49 reales, su valor más alto en casi un año, y el Banco Central frenó el miércoles por unanimidad el ciclo de baja de la tasa básica de interés, la Selic, que quedó en 13,75% anual. El interés real, cercano al 9,5%, es considerado el más alto del mundo.

El peso de la campaña

Durante la campaña, Lula llamó “babaquice” (pavada) a la búsqueda de superávit y lanzó paquetes y medidas por más de 400.000 millones de reales –unos 73.000 millones de dólares–. Según la Institución Fiscal Independiente del Senado, lo “contratado” durante la elección abre un agujero de unos 86.000 millones de reales –unos 15.700 millones de dólares– que el presupuesto no contempla.

En Brasilia, el fantasma que asoma a partir de ahora tiene nombre, “estelionato eleitoral”, o estafa electoral. La expresión se popularizó en 2015, cuando Dilma Rousseff ganó su reelección prometiendo no ajustar y nombró a un ortodoxo en el Ministerio de Hacienda. El ajuste, en ese entonces, terminó saboteado por su propio partido. Lula, según la prensa local, se muestra reticente a cualquier medida que pueda sonar a eso. Tanto, que sus ministros evitan decir “ajuste fiscal” delante de él y prefieren hablar de “racionalizar” el gasto.

Lula da Silva y el vicepresidente, Geraldo Alckmin, participan de una reunión en el Palacio del Planalto, en BrasiliaEVARISTO SA - AFP

Lula hablará este domingo en cadena nacional, en un mensaje en el que se espera que reafirme su compromiso con la responsabilidad fiscal, pero sin anunciar medidas ni el nombre de su ministro de Hacienda. El lunes viaja a la COP31 en Turquía y a la cumbre de la ASEAN en Filipinas, y el titular de Hacienda, Dario Durigan, ya avisó que las propuestas llegarán recién después de su regreso, el 16.

“Sería mejor que hubiera anticipado lo que piensa hacer. El sector productivo está parado, esperando. Pero no suele ser una característica del Partido de los Trabajadores (PT), lamentablemente”, dijo a LA NACION Nelson Marconi, economista de la Fundación Getulio Vargas (FGV) y referente del nuevo desarrollismo. A su juicio, Lula “va a demorar y va a lanzar varios globos de ensayo” sobre quién será su futuro ministro de Hacienda.

Marconi sostiene que un ajuste con la línea roja de Lula es posible y que puede ser muy distinto del de Javier Milei, al que aludía Flavio con su promesa de un “tesouraço” (tijeretazo).

Lula da Silva, conversa con la jefa de Gabinete, Miriam Belchior, durante una reunión en el Palacio del Planalto, en BrasiliaEVARISTO SA - AFP

“(El ajuste) es compatible con mantener el gasto social, pero el ritmo de crecimiento del gasto tiene que disminuir, sin perder la característica de reajustar en términos reales”, explicó.

Por caso, propuso que, en los años en que la economía crezca, jubilaciones y beneficios sociales suban como máximo un 1% por encima de la inflación, frente al techo actual de 2,5%. También sugirió recortar de forma escalonada los incentivos fiscales, gravar más los dividendos y el patrimonio, y encarar una reforma previsional de largo plazo. Y admitió que el modelo de Lula muestra “un cierto agotamiento”: “Está muy basado en la expansión del consumo, las transferencias y el endeudamiento”.

¿Lula se inclina hacia la izquierda?

La gran obsesión del presidente, sin embargo, son los intereses. Esta semana inquietó al mercado la versión de que se reuniría con André Lara Resende, uno de los padres del Plan Real, que propone poner un techo a la Selic y bajarla al 7,5% en un año. Hacienda descartó la idea y Durigan insistió en que “no hay fórmula mágica” en la economía. Marconi coincidió en que hay margen para bajar las tasas, pero con una condición: “Para hacerlo, hay que ordenar en simultáneo los ingresos y el resultado primario del gobierno”.

El gobierno estudia por ahora un menú más modesto, como endurecer los congelamientos de gasto, apuntar al centro de la meta fiscal, gravar inversiones hoy exentas y recortar supersalarios del Poder Judicial.

Lula da Silva, el vicepresidente, Geraldo Alckmin, y la jefa de Gabinete, Miriam Belchior, en una reunión en el Palacio del Planalto, en BrasiliaEVARISTO SA - AFP

“No creo que vaya a haber un paquete. Van a anunciar algunas medidas y probar, anunciar y probar”, aseguró el politólogo Leonardo Barreto, socio de la consultora de riesgo Think Policy en Brasilia.

Para Barreto, el problema es más político que económico. “Hoy la cabeza de Lula es más política que económica”, dijo. El presidente, explicó, busca una salida que canalice la fuerza de la calle para imponerle su agenda a un Congreso más hostil: el oficialismo tendría la base legislativa más chica desde 1990 y el Partido Liberal de los Bolsonaro creció en el Senado.

Barreto no descarta una “tentación plebiscitaria” –recuerda los casos de Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez–, aunque admite que por ahora solo hay relatos de un Lula “pensativo”. Lo más probable, considera el analista, es que use el “ejército digital” de la campaña para presionar a los legisladores en cada votación que se presente difícil.

Lula da Silva participa de una reunión del Consejo Nacional para la Industrialización de Minerales Críticos y Estratégicos, en el Palacio del Planalto, en BrasiliaEVARISTO SA - AFP

Lula se jacta de haber logrado superávit primario todos los años entre 2003 y 2010, cuando sus primeros mandatos combinaron ortodoxia fiscal con la creación del Bolsa Família. Pero en marzo, en España, dijo que la izquierda se equivocó al adoptar la agenda del Consenso de Washington. “Creo que hoy su idea de legado pasa por hacer quizás el mandato más a la izquierda de toda su trayectoria política”, afirmó Barreto. “No creo que la agenda ortodoxa vaya a tener mucha chance con él”.

El analista describe una trampa que se retroalimenta. La indefinición aumenta la desconfianza del mercado, eso debilita la coalición, encarece el costo político del ajuste y alimenta las dudas del gobierno, que vuelve a empezar el ciclo. Lula, que en el pasado le ganó varias pulseadas al mercado, confía en resolver las cosas a su tiempo. Pero Barreto advirtió que “el gobierno no tiene el tiempo que cree que tiene”.

Por Marcelo Silva de Sousa

Source: La Nación · Marcelo Silva de Sousa

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