Un trazo, un color, un retrato o una forma abstracta. El arte funciona como una de las formas de expresión más auténticas, esas que se dicen, pero que también están a la libre interpretación. Para Walter Kerhart esta no es una reflexión teórica, sino una forma de supervivencia. Tras sufrir un ACV el 29 de mayo de 2024, que le arrebató el habla y le inmovilizó la mano derecha, el lienzo se convirtió en su única voz y, la mano izquierda, en su nueva aliada. Así fue que, después de siete meses de internación y en el ejercicio de volver a encontrarse con su destreza, el artista de 56 años presentó el 21 de octubre “¿Puede una línea recordar?”, una muestra que no solo celebra su regreso al arte, sino la resignificación de su identidad a través del trazo no dominante.
La exposición fue en Café La Compañía, una conocida cafetería y espacio cultural en la ciudad de San Carlos de Bariloche, Río Negro, donde Walter —oriundo de Santa Fe— vive hace más de 20 años. Antes de dedicarse de lleno a la pintura, estudió con Claudio Ziperovich y Pablo Cortondo, además de integrar el taller “Expandir la pintura” de Margarita García Faure. Asimismo, trabajó como fotógrafo publicitario y de moda para diferentes agencias y productoras audiovisuales en Rosario. Ya instalado frente a la vista del Nahuel Huapi, integró el grupo con fines educativos “La ruta de las artes”.
Sin embargo, detrás de cada una de las obras que hoy se exhiben en una de las ciudades más importantes de la Patagonia argentina, no solo hay un artista, sino también una profunda historia de resiliencia. “Primero sentí frustración: querer levantar mi mano derecha y no poder hacer nada con ella”, le aseguró el propio artista a LA NACION.
Y continuó: “Después comienza la intuición; lo que no podés hacer con esa mano o ese brazo, intentás hacerlo con la otra. Y luego llega el aprendizaje: comenzar a tirar líneas, círculos, ver qué se podía hacer, todo al principio guiado por otros y luego empezar a liberar mi instinto”.
En medio de aquel desafío, Walter descubrió nuevos materiales y formas. Incluso siente que la mano izquierda le permite expresarse de una manera que jamás hubiera imaginado utilizando su mano derecha. “Hay un esfuerzo mayor para poder expresarme. En general, hacía obras de grandes dimensiones; ante esta nueva instancia, comencé a hacer pequeños dibujos, que de a poco me van permitiendo extender mi trazo e ir logrando dibujos y pinturas de mayor dimensión. Mi mano y mi brazo izquierdo se van animando a soltarse en la tela. También en lo expresivo soy más directo con las imágenes”, aseguró.
En cuanto al paralelismo entre los cuadros actuales y los hechos antes del ACV, mencionó: “Creo que los actuales son más honestos porque son más directas las imágenes. Hay cierto filtro que uno pierde en estos casos, y que tiene que ver con la vergüenza o cierta impunidad, y eso se refleja en lo que pinto”.
Respecto al nombre de la muestra, “¿Puede una línea recordar?”, el artista reflexionó sobre qué evoca hoy ese trazo, entre el pasado de la internación y su nueva realidad: “Por suerte, mi memoria lejana es muy buena. Pero lo que hago ahora definitivamente me tiene en el presente: vivir el hoy y poder mostrarlo, a pesar de lo difícil que me es hablar o poder decir en muchos casos lo que siento”.
El sostén en la recuperación
Detrás de este regreso a los lienzos hay también un camino de salud y acompañamiento en el que su pareja, Walter Duche, cumple un rol fundamental para reconstruir el proceso.
“Fue importante la atención primaria en la Clínica Pasteur en Neuquén, donde estuvo internado durante siete meses, ya que ahí complementaron no solamente su rehabilitación física, sino que, además de las terapistas ocupacionales y fonoaudióloga, también tuvo psicólogo y tareas diarias extras de musicoterapia, arteterapia y vivero. Eso aceleró mucho la recuperación cognitiva”, detalló Duche a LA NACION.
Hoy, el artista continúa su tratamiento diario en el centro CENEBA de Bariloche, combinando la rehabilitación médica con la práctica constante en el taller, donde cada trazo reafirma su regreso a la pintura.
Asumir ese rol de voz e intérprete cotidiano implicó una transformación para ambos. “Desde un primer momento, cuando Walter solo podía expresarse con los ojos, fue comenzar a hacer una lectura diferente cada día. Es un proceso de acompañamiento que nadie fuera de nosotros dos lo puede entender completamente. Siempre tengo su mirada de consulta, de pedido, cuando no le salen las palabras, y tengo casi una necesidad propia de entenderla para poder continuar con su vida y con la mía. Es otro tiempo el que nos toca vivir, y lo aprendemos los dos”, indicó.
Ese aprendizaje compartido es el motor que mantiene vivo el taller. “Por eso lo impulso permanentemente a hacer, a pintar, a crear este nuevo mundo que le toca vivir. Defenderse y atacarlo para poder sobrevivirlo y avanzar. Verlo pintar, exponer, sentir el aliento de los demás para que siga es lo que más necesita. Mi emoción está siempre a flor de piel, imposible postergarla haciéndome el duro frente a él; también tiene que sentir mi realidad”, concluyó.
Por Lucía FaloticheSource: La Nación · Lucía Falotiche
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