Vistas de frente, las Cataratas de Iguazú parecen inmensas madejas de lana cruda que se deshacen en una caída incesante. El aumento de su caudal por el fenómeno de El Niño hace que se vean más gruesas, vaporosas y salvajes. El agua se precipita en múltiples niveles y la bruma desdibuja sus contornos. Las pasarelas que se internan en ellas, tanto del lado argentino como del brasileño, abren o cierran a merced de su ferocidad.
A pocos pasos de ese espectáculo natural, estoico frente a sus crecidas y bajantes, se encuentra el Hotel das Cataratas, el único establecimiento hotelero situado dentro del Parque Nacional do Iguaçu, en Brasil. Integrado al paisaje selvático y con una fachada rosa que contrasta con el verde de la vegetación, el hotel de Belmond ofrece algo difícil de replicar en cualquier otro alojamiento de la zona: contemplar las Cataratas antes de la llegada de los visitantes y después del cierre del parque. Tenerlas al alcance de la mano, en cualquier momento del día.
Reconocimientos internacionales
Los últimos meses consolidaron la posición del hotel en los principales circuitos de la hotelería de lujo. En febrero, obtuvo cinco estrellas de Forbes Travel Guide por noveno año consecutivo, una distinción que lo mantiene como el único establecimiento de Brasil y Sudamérica en alcanzar esa continuidad. En septiembre, ocupó el puesto 77 en The World’s 50 Best Hotels 2026, dentro de la lista ampliada que reúne a los establecimientos clasificados entre las posiciones 51 y 100. En octubre recibió la distinción de tres Llaves Michelin, que lo sitúa entre los alojamientos que la guía considera extraordinarios, una categoría alcanzada por apenas cinco hoteles en toda Sudamérica.
En el primer caso, la guía realiza inspecciones anónimas y evalúa tanto las instalaciones como la calidad del servicio. El segundo reconocimiento surge de un ranking elaborado por una academia internacional integrada por más de 800 profesionales y especialistas vinculados con la hotelería. En cuanto al tercero, las Llaves Michelin distinguen la experiencia integral de la estadía, desde el carácter y la arquitectura del establecimiento hasta la calidad de la hospitalidad y su conexión con el entorno. ¿Qué hace que este hotel coseche estos reconocimientos y resulte tan memorable?
Puede que la respuesta esté en las cosas simples. En los amables bom dia que uno escucha a cada paso y en los pasillos del hotel, que se perciben naturales y no como una imposición protocolar. En los tés helados, licuados de açaí y otras bebidas que circulan entre quienes descansan alrededor de la pileta, en un ambiente amable para grandes y chicos. En las sandalias Havaianas de cortesía, un guiño al confort de las pantuflas, aunque con un sello inequívocamente brasileño. En los brigadeiros junto a la cama y el amable boa noite al caer la noche. O en la pequeña botella de agua que uno recibe al despedirse y que invita a llevarse a casa “energías positivas” junto al recuerdo de la belleza de la naturaleza. Son detalles que, sin necesidad de grandes gestos, construyen una idea de hospitalidad.
Una historia entre la selva y la arquitectura colonial
La historia del alojamiento turístico en este sector del Iguazú se remonta a las primeras décadas del siglo XX. Según los antecedentes históricos del establecimiento, en 1915 existía en el lugar una modesta construcción de madera que fue destruida por las inclemencias del entorno y los conflictos de la época. La obra del hotel actual comenzó en 1939, durante la presidencia de Getúlio Vargas, y sufrió interrupciones durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, fue inaugurado en 1958, durante el gobierno de Juscelino Kubitschek.
Su arquitectura evoca las antiguas haciendas y casonas de tradición portuguesa. La fachada rosa pastel, los arcos y los jardines por los que desfilan coatíes, lagartos y mariposas componen una imagen que se integra con la vegetación tropical sin intentar competir con ella.
Tras una importante renovación a cargo del arquitecto francés Michel Jouannet, que habría demandado una inversión superior a los 60 millones de reales, el hotel actualizó sus 176 habitaciones y los espacios comunes sin renunciar a su identidad histórica. Pisos de madera noble, mármoles blancos, azulejos artesanales y obras de arte inspiradas en la flora y fauna local conviven con una arquitectura de aire colonial.
Dentro de los parques nacionales a ambos lados de la frontera, es el hotel en funcionamiento más antiguo. Aunque no fue el primero en instalarse en las 250.000 hectáreas protegidas por la UNESCO que se extienden entre Brasil y la Argentina, sus instalaciones y ubicación lo convirtieron en escenario de visitas ilustres.
A lo largo de los años, por sus pasillos han desfilado reyes, jefes de Estado y personalidades del mundo del espectáculo. Entre los nombres asociados al hotel figuran la princesa Diana, el entonces príncipe Carlos, el príncipe Alberto de Mónaco, Bill Clinton, Anthony Hopkins y Gisele Bündchen.
¿Qué habrán encontrado todos ellos en este rincón del planeta? Lo mismo que se aprecia cada día, antes de que el parque abra sus puertas a visitantes de todo el mundo: el privilegio de despertar frente a las Cataratas, ser los primeros en contemplar los arcoíris que se forman entre las 275 caídas de agua y recorrer determinados senderos en horarios reservados exclusivamente para los huéspedes. Privacidad en un refugio legendario donde la naturaleza se manifiesta en su máxima expresión.
Gastronomía: una mirada contemporánea a Brasil
La gastronomía también ocupa un lugar central en la propuesta del hotel. En el restaurante Y, el chef Luiz Filipe Souza, reconocido por su trabajo en Evvai, en San Pablo, aporta una mirada contemporánea a los sabores de las distintas regiones de Brasil.
La mandioca, el cupuaçu y el açaí forman parte de un repertorio que combina ingredientes locales, creatividad y técnica. En un menú degustación de nueve pasos, la cocina de autor busca expresar la biodiversidad del país mediante elaboraciones que reinterpretan productos y tradiciones.
Para quienes prefieren un ambiente más informal, junto a la piscina principal, el restaurante Ipê ofrece clásicos brasileños elaborados con productos locales, además de las tradicionales feijoadas de los sábados y los asados de inspiración gaúcha.
Al atardecer, Y Terrace y Tarobá Bar son dos opciones para prolongar la jornada al aire libre. Cócteles y bebidas acompañan el cambio de luz sobre las copas de los árboles, mientras el sonido de las Cataratas sigue presente en la distancia.
Experiencias para descubrir el entorno
Más allá de la gastronomía, el hotel propone actividades que permiten acercarse a la naturaleza desde distintas perspectivas. Hay bicicletas para adultos con las que se puede recorrer un sendero de unos 12 kilómetros por la Mata Atlántica. Un club infantil suma actividades para los más pequeños, mientras que el spa ofrece masajes y rituales corporales con ingredientes como la yerba mate, el aceite de copaiba, el café y el cupuaçu. La propuesta incluye también saunas húmedos.
Además, ofrece la posibilidad de subir a la torre principal del hotel, el punto más alto de todo el parque nacional, para contemplar el horizonte selvático al atardecer con canapés y champán. Otra propuesta son las caminatas nocturnas durante la luna llena. Cuando las condiciones lo permiten, la luz lunar reflejada y refractada en las gotas de agua suspendidas en el aire puede dar lugar al arcoíris lunar, un fenómeno óptico poco frecuente.
Uno de los momentos más memorables de la estadía es el picnic en el jardín ubicado frente al hotel, con el sol ocultándose detrás de las Cataratas, delineando la vegetación y tiñendo los retratos familiares de ese tono dorado que vuelve inolvidables los recuerdos.
Source: La Nación · Gloria Montanaro
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