Los procesos políticos y económicos se desenvuelven a partir de hechos y datos constatables, pero también por percepciones y expectativas etéreas. Se construyen a partir de indicadores fácticos, pero cobran dimensión en la subjetividad de las sociedades. Se edifican en esas sensaciones de que un país está bien o mal, o de que un programa de gobierno puede considerarse exitoso o no. La Argentina se encuentra en tensión entre esas dos pulsiones, en un momento bisagra que define si está en un punto de inflexión o en un punto de no retorno. El instante de quiebre.
La reunión de la mesa política de este martes condensó en parte estas miradas. Fue la primera vez en varias semanas que estaban todos sus integrantes, tras suspensiones y ausencias. Tenía un significado especial. El actor que movió la partida volvió a ser Luis Caputo. El ministro hizo un relato sombrío del diagnóstico mundial que escuchó en Tailandia, donde participó de la cumbre del FMI y el Banco Mundial.
Guerras sin fin que impactan en el precio de los combustibles, explosión social en Europa, perspectivas de menor crecimiento y mayor inflación a nivel global. Un cuadro amenazante que le sirvió para plantear que si bien la Argentina está mejor preparada que en otras oportunidades, va a sufrir los efectos de la inestabilidad internacional. Y a partir de ese razonamiento, esgrimió por enésima vez -pero según testigos con más énfasis- que era imperativo un acuerdo urgente con los gobernadores.
En la intimidad, el ministro de Economía abandonó el tono eufórico para pasar a un modo más realista. Contagió al propio Presidente, quien terminó por admitir que “los indicadores de Argentina no estarían evolucionando tan positivamente como esperábamos en un primer momento”. Una versión inédita de Javier Milei, pero más en línea con los datos de la semana: un Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) que avanzó en agosto solo 0,1% y dejó al país al borde de la recesión; un consumo masivo que retrocedió 1,2% en septiembre, según la consultora Scentia; y un riesgo país que perforó el techo de 700 puntos.
En la cúpula del Gobierno hay figuras importantes que empiezan a dudar de las posibilidades de reactivación económica, sin que medie algún tipo de estímulo adicional. Públicamente lo desarrolló Patricia Bullrich, pero hay otros que lo hacen en reserva. Es el “grupo Ozempic”. En esas conversaciones proliferan ideas alternativas que respeten las líneas rojas de Milei, que van desde una política más activa en la promoción de créditos, a un régimen de beneficios para pymes (aunque ya rige el RIMI, el Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones, aún sin efecto) o una moderación de la baja de subsidios a las tarifas.
Es un debate meramente intelectual porque todo depende de que Caputo adopte el tema y, sobre todo, de que atraviese el filtro de Milei, quien siempre está apuntalado por Federico Sturzenneger. En este sector se imaginan una reactivación natural de la economía (en oposición al “grupo Ozempic”), de la cual ya creen ver indicadores, como cierta recuperación del salario frente a la inflación, un retroceso de la mora y un atisbo de reversión en la caída de la recaudación.
El dato central es que el plan económico, que hasta ahora era una tabla escrita en piedra, está en el centro de una discusión interna inocultable. Pero el Gobierno está en una encerrona, porque el programa no permite flexibilidades sin adulterar su naturaleza. Este es el programa que Milei quiere representar. Esa rigidez fue una virtud para lograr los objetivos macroeconómicos iniciales, pero hay quienes piensan que se convirtió en un problema para amplios sectores de la economía real. Es indudable que el impacto del modelo libertario este año fue muy superior al de los dos anteriores. La discusión que dio Milei por la gente que no llega a fin de mes fue una representación grotesca de esta tensión.
En la mirada de Caputo, la única manera de dar certezas es a través de un acuerdo con los gobernadores, y ese mensaje solo se logrará a partir de la suspensión de las PASO. El tema de las primarias dejó de ser solo una cuestión electoral, es una prueba de gobernabilidad. Representa la capacidad de la gestión libertaria de lograr mayorías para un proyecto emblemático.
Por eso esta semana la cuestión se discutió con más dureza. Karina Milei, acompañada por los Menem, repite que coincide en pactar con los gobernadores, pero anticipa que hay que postergar los acuerdos electorales para el año próximo. Es decir, que voten ahora las PASO, y después ver caso por caso la estrategia en cada provincia. Diego Santilli asegura que tiene los votos en el Senado, pero no terminan de plasmarse. Quizás le pesa la tímida generosidad política de Karina y las restricciones económicas que le impone Caputo. Bullrich ya avisó que ella no puede hacer nada hasta que no haya un arreglo con los jefes provinciales.
En la Casa Rosada observan a la senadora con desconfianza ante sus movimientos cada vez más desafiantes, pero entienden que hay un pacto implícito con Milei para que haga su juego. Ella todo el tiempo les envía mensajes a sus votantes, a los que intuye identificados con el rumbo general, pero no con la rigidez actual.
Por ahora, hay una dinámica de complementariedad: ella colecta lo que se le escapa a Milei. Pero en su cabeza no está descartada la idea de la suplantación: un Milei declinante que no pueda ir por su reelección, que le libere el camino a ella. “Lo que no nos puede pasar es que vayamos para atrás, como nos ocurrió con Macri. Si no hay reelección, algo hay que hacer”, argumentan cerca de Bullrich. “Mileismo sin Milei”, la fórmula que el propio Presidente descartó esta semana. Las provocaciones de Bullrich meten mucho ruido dentro del Gobierno; pero Milei bajó la orden de no confrontar. La quiere mantener adentro.
Con una ayudita de los amigos
Las dudas sobre el momento económico fueron también parte de las conversaciones que mantuvieron el subsecretario de Estado norteamericano, Christopher Landau, y el responsable del Hemisferio Occidental, Juan Carlos Segura, durante su visita a Buenos Aires esta semana. En una de esas charlas se profundizó en el tema de las dificultades de la transición que atraviesa la Argentina. Ahí se volvió a hablar de la disposición del gobierno de Donald Trump a aconsejarle un waiver al FMI para las metas fiscales del año próximo, como un modo de ayudar electoralmente a Milei. En el propio Departamento de Estado admiten que analizan con el Tesoro diversas opciones de ayuda directa en el caso de que haga falta, como el año pasado.
Incluso en los pasillos por fuera de las reuniones que mantuvieron ambos funcionarios corrió una versión, tan relevante como difícil de constatar: que la Secretaría del Tesoro y el FMI estarían trabajando en un paquete para garantizar el financiamiento de todo el 2027, a fin de que el Gobierno pueda conservar sus reservas para enfrentar probables turbulencias cambiarias. Demasiado bueno para ser verdad, debe pensar Caputo.
Pero la visita de Landau y Segura tuvo un telón de fondo que atravesó varias de las conversaciones, que fue la discrepancia por el proyecto de Ley de Soberanía. El gobierno norteamericano pidió que la iniciativa, que incluye un capítulo de sanciones para las empresas que intervengan en la explotación petrolera en las aguas de Malvinas, fuera frenada temporalmente, hasta que los abogados de la Casa Blanca lo evaluaran. Peter Lamelas fue uno de los que transmitió el mensaje.
El planteo sorprendió porque las compañías que habían manifestado su preocupación habían abierto un diálogo con el Gobierno y con el Congreso para introducir ajustes que permitieran avanzar la próxima semana en comisión. Las ideas centrales giraban en torno de adoptar una redacción menos laxa a la hora de establecer la cadena de posibles responsables, y de incorporar una cláusula de salida, para que las firmas que están involucradas en las tareas en Sea Lion pudieran optar por operar en Vaca Muerta, antes de ser sancionadas.
El proyecto encuentra al oficialismo muy disperso. Al ser una iniciativa gestada por Santiago Caputo y codificada por la secretaria legal y técnica, María Ibarzabal, no cuenta con el entusiasmo de Martín Menem, el cosechador de votos en la Cámara de Diputados. Este ruido lo percibieron varios de los actores involucrados. Tampoco el canciller Pablo Quirno está muy feliz de recibir la queja de EE.UU. por una propuesta en la que él no intervino. De hecho no hubo nadie de Cancillería el día que se presentó el proyecto en el Congreso; solo Ibarzabal fue en representación del Gobierno. Pero hay un dato a tener en cuenta: el tema también tiene partido al peronismo, donde hay un sector a favor del rechazo directo, y otro que prefiere no dejarle la bandera a LLA y propone desafiarlo con un endurecimiento de medidas aun mayor.
Mientras se dan estos debates, el primer ministro británico, Andy Burnham, está hiperactivo con el tema. Volvió a hablar el viernes del asunto con Trump, quien enfrió sus gestos hacia la Argentina. Además el premier ayer operó sobre el eje Chile, en una charla con el presidente José Antonio Kast, donde habló de “fortalecer las capacidades militares”.
La malvinización de la política exterior también se percibió esta semana en lo que originalmente había sido concebido como el Argentina Week en Londres y que terminó achicharrado en un Argentina Day. Lo impulsaba Luis Caputo como un modo de atraer inversiones en sus esfuerzos reactivadores, pero la Cancillería le puso un hielo porque se interponía con la nueva doctrina que emergió tras la cadena nacional de Milei. Conclusión: solo viajó el secretario de Energía, Luis Lucero, que depende del ministro de Economía.
Todo el tiempo aparecen en el Gobierno líneas de intereses entrecruzadas y superpuestas, por el plan económico, por el acuerdo con los gobernadores, por la Ley de Soberanía, por la relación con EE.UU. y Gran Bretaña. Este desorden le quita eficacia al paso de la gestión.
Pero el chisporroteo en torno de Malvinas fue apenas un susurro al lado del estruendo que causó Milei con España. Fue tan tormentoso su paso por Madrid que, según trascendió en pasillos diplomáticos, Pedro Sánchez evalúa convocar a consultas a su embajador en la Argentina, Joaquín María de Arístegui, como había hecho en 2024 con su antecesora, María Jesús Alonso. Hasta ahora lo habría frenado una gestión del canciller José Manuel Albares.
Más allá del estupor que provocó el torbellino Milei en la campaña española, y el aprovechamiento que hizo Sánchez de su iracundia, quedó un sedimento de inquietud por el comportamiento presidencial. Quienes en su entorno hace un tiempo trataban de explicar racionalmente sus actitudes, ahora no quieren traducirlo más. Por momentos dejaron de entenderlo. Se transformó en un jugador impredecible incluso para ellos. Cada vez menos acceden al Milei dispuesto al diálogo franco que solía habilitar. Hoy es un hombre con cicatriz. Sus últimas agresiones contra el periodismo lo certifican.
Mensajes desde París
Las dudas que el desempeño económico derramó sobre las chances electorales de Milei excitaron a un peronismo que empezó a desperezarse. La novedad de los últimos días fue la reactivación pública de Sergio Massa, quien hasta ahora venía operando en la trastienda. Hizo trascender su encuentro con Cristina Kirchner y se reunió con rectores universitarios y sindicalistas. Dejó frases sugestivas, como si nadie supiera que quiere volver a ser candidato. Pareció asumirlo cuando admitió varias veces que arrastra “un problema con la sociedad”. Solo alcanza con ver su imagen en las encuestas para darle la razón.
El motivo esencial por la que Massa resolvió salir a escena es que percibía demasiado cómodo a Axel Kicillof como candidato único. Esa interpretación es la que buscó desinstalar. Contó para ello con el guiño de Cristina, pero sin que haya habido un pacto. Ambos comparten un objetivo táctico, aun cuando la expresidenta siga en la búsqueda del postulante ideal.
Massa abandonó su posición tradicional de “prenda de unidad” para pararse en un lugar más nítido. La consecuencia natural fue que Juan Grabois se corrió del cuadrante cristinista y se asoció con Kicillof. “Empezamos a entender que el candidato que mejor posicionado está para ganarle a Milei, es Axel”, explican al lado del diputado. No muy lejos de Massa también se activó el senador Gerardo Zamora, a quien algunos gobernadores lo estimulan para que compita. Y a pocas bancas de ahí también corre el sanjuanino Sergio Uñac.
Nada de todo esto se habló en la nueva cumbre que se hizo el jueves en la Casa de La Pampa. “Ahí entramos todos con máscaras”, ironiza uno de los presentes. El punto central de la reunión fue consolidar el rechazo a la suspensión de las PASO, para blindarlo ante posibles fugas. Desconfían de algunos gobernadores y senadores amigables con el oficialismo, y admiten que no depende de ellos la sanción de la ley. La llave la tiene el Pro: si sus legisladores aceptan el cambio, atrás esperan los radicales y los peronistas aliados.
Mientras el Gobierno debate las efectividades de su plan económico, y en tanto el peronismo se enfrasca en la discusión por su liderazgo sin un debate doctrinario de fondo, conviene prestar atención a las señales que llegan desde Europa. En las protestas que invadieron varias ciudades, pero especialmente París, emergieron disparadores locales, aunque con implicancias globales. ¿Cuan sostenible es el Estado de Bienestar con un déficit fiscal del 5,4% del PBI como el francés? ¿Cuan competitiva es la economía europea frente a la avanzada china? ¿Cuan desarrollada es su tecnología en comparación con Silicon Valley y Shenzhen? ¿Hasta qué punto es un problema socioeconómico o es una derivación de la inmigración? ¿Es una confrontación entre los valores occidentales y los islámicos?
Pero para la Argentina hay dos mensajes especiales. En primer lugar, que todas las movilizaciones en Europa arrancaron con el protagonismo de los sub-25, por temas educativos, laborales o inmobiliarios. Emerge ahí una crisis generacional muy fuerte, una crisis de futuro, de expectativas. Y en segundo término, son convocatorias sin liderazgo ni representación articulada, un magma caótico que tiene un punto de encuentro en las redes sociales. En la revuelta de los chalecos amarillos de 2018 los líderes de la protesta pedían ser atendidos por Emmanuel Macron para plantearles sus demandas; a los de ahora ni les interesa esa interlocución. No hay una expectativa institucional; solo sirve romper comercios para expresar esa sensación profunda de enojo y desencanto.
Jorge Ossona, historiador y especialista en el conurbano bonaerense, habla de que “Europa se conurbanizó” y que “vive con un mayo francés lumpenizado”. En esa descripción encuentra analogías con las lógicas territoriales de Buenos Aires, donde “cada vez más hay una naturalización de las dinámicas de sobrevivencia y de marginalidad, por la descomposición de la vieja sociedad industrial”.
Cuando se están por cumplir los 25 años de la crisis de 2001 en la Argentina, son indicadores a tener en cuenta para entender cuánto han cambiado las bases sociales en lo que va del siglo.
Source: La Nación · Jorge Liotti
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