Autoría y dirección: Francisco Lumerman. Intérprete: Eleonora Wexler. Escenografía: Rodrigo Gonzalez Garillo. Iluminación: Ricardo Sica. Vestuario: Paola Delgado. Sonido y Música original: Guadalupe Otheguy. Dirección de producción: Romina Chepe. Sala: Moscú (Juan Ramírez de Velasco 535). Funciones: miércoles, a las 20.30; domingo 1 y 29, a las 18. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: buena.
Una mujer de trajecito, tacos altos y rodete, muy derechita, hierática casi, espera sentada en una especie de pecera oficinesca o, quizá, una Cámara Gesell. Comienza a hablar en un extraño idioma (suena a símil japonés) cuyos subtítulos aparecen en una pantalla. Intenta comunicarse con “lo otro” detrás de los vidrios oscuros, funcionarios de algún país donde fue detenida mientras cumplía su trabajo como intérprete presidencial. Sin respuestas en ningún idioma pero segura de que es escuchada, en castellano y en retazos, comienza a contar acerca de la maldición que la persigue.
La intérprete es un monólogo, formato que la actriz Eleonora Wexler conoce muy bien. Hizo La maldecida de Fedra-de Patricia Suárez y dirección de Marcelo Moncarz, desde 2015 a 2018 en Hasta Trilce-, actuación que le valió un premio ACE, y El testamento de María, del irlandés Colm Tóibín y dirección de Julio Panno, en el Teatro San Martín, en 2023. Con este unipersonal escrito y dirigido por Francisco Lumerman, la actriz -también en el rol de productora-, vuelve al off, además de continuar con El estado de la unión, en el Picadero, junto con Gonzalo Heredia.
Con un don para las lenguas, Antonia es una profesional de las palabras, un eficiente canal entre emisor y receptor sin mediar subjetividad alguna, talento que practicó desde la cuna gracias a la educación represiva de una madre que, entre otras máximas, le diagnosticó ser portadora de una maldición.
Poco a poco, la imperturbable fachada comenzará a descascararse para dejar al descubierto su inquietante intensidad. Sin mediar ninguna respuesta, por una puertita en la pared (como pasaba, por ejemplo, en El método Grönholm), consigue beber agua, aunque sospeche de su sabor a alcohol. Quizá por esta razón, quizá por desesperación, Antonia se suelta: rebolea la ropa, desarma el rodete, baila una canción de Camilo Sesto y cuenta sobre sus amores desafortunados hasta llegar al último y más importante, el del presidente con acento riojano por el que quedó entrampada entre intrigas políticas y pasiones fatales.
Todo este recorrido disparatado al que no le falta humor negro es la excusa para que Wexler despliegue sus herramientas y habilidades expresivas. Pasa del frío al calor, de una actitud hierática a otra desaforada, dice con convicción en un idioma inventado (¿lo cambiará tal vez en cada función?) e interpreta a los otros personajes, la madre, los hombres de su vida, el presidente. Para quienes amen la actuación es un placer observar sus transformaciones, cómo se adueña del espacio, cómo se mete en su atormentada Antonia.
Varios monólogos se asientan sobre este molde, el de los cambios a cielo abierto de Jekyll a Hyde, que permiten poner en primer plano el desempeño escénico: por ejemplo, como ocurre con los dones paranormales en Suavecita, de Martín Bontempo, o el espiritismo en La diabla, de Emiliano Dionisi. En La intérprete, la precisa dirección de Lumerman y el talento de Wexler dan lugar a un espectáculo que, sobre todo, festeja el oficio actoral.
Por Leni GonzálezSource: La Nación · Leni González
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