La suya era creer que no podía lograr nada y terminó preso; en la cárcel tocó fondo y recién ahí pudo romper esa creencia, retomar sus estudios y terminar el secundario
Texto de Micaela Urdinez
7 de noviembre de 2026
“Te voy a hacer una pregunta que le hago a todas las personas que vienen acá. ¿Cuál es tu prisión? Porque todos tenemos una”, dice Francisco Jiménez, 37 años, oriundo del pueblo bonaerense de América, y deja un halo de incomodidad en el aire. Se hace un silencio y todos empiezan a pensar en sus propias miserias. La suya, dice, fue creer que no podía, que no servía para nada. Después, vino todo lo demás. “De chico tuve muchas frustraciones. Mi hermano era jugador de fútbol, yo quería jugar al fútbol y nunca pude. En la escuela andaba mal y yo era el que siempre traía malas notas. Y mi vieja me decía ‘vos sos un burro’, y nada, llegué a creérmelo”, cuenta sentado en un patio de El Pase, una cooperativa social de inclusión laboral que capacita a personas privadas de su libertad en la última etapa de su condena a través de la fabricación de pelotas artesanales. Hoy está alojado en el régimen abierto de la Unidad Penitenciaria N° 20 de Trenque Lauquen y eso implica que comparte una casa con otros nueve internos. Ellos se organizan para limpiar, para cocinar, para hacer las tareas de la casa, en una instancia previa a la libertad. De lunes a sábado, sale del penal y se sube a una bicicleta para pedalear los 10 kilómetros hasta El Pase, donde además de hacer pelotas, de a poco, construye su futuro. Está vestido con un jogging gris, un buzo negro y tiene una gorrita puesta para atrás. Le cuesta mantenerse quieto, vive haciendo chistes y habla sin parar. En una época, no hablar fue exactamente lo que lo llevó a su propia debacle. Por eso, aunque duela, ahora dice cada cosa que piensa.
Noches de mucha pobreza
Eran una familia de seis. Sus papás y cuatro hijos. Él era un niño travieso al que le costaba la escuela. De su mamá, dice, que es el amor de su vida. Una persona que se levantaba cantando, muy parecida a él. Una mujer que después de trabajar todo el día, iba a la noche al basurero a cielo abierto a revisar las bolsas para sacar ropa porque ellos no la podían comprar. “A la noche eran momentos que había mucha pobreza. Iban al basurero y nos dejaban adentro de un autito. Después, mamá se quedaba toda la noche lavando y siempre íbamos a la escuela de punta en blanco con ropa que parecía nueva, pero era juntada en el basurero. Nadie lo sabía, solo nosotros”, relata Francisco. También, estaba la violencia. Ahí, escondida. Ahí, apareciendo de improviso y tiñéndolo todo. “La mejor manera de corregir a un hijo es con amor. Es enseñándole, mostrándole. No es agarrar un cinto, un cable o un palo. El castigo físico se queda inculcado en uno y sin darse cuenta lo naturaliza. Y es lo peor que puede acontecer. Yo he cometido errores. Drogado y todo, he tenido mis errores y lo voy a reconocer”, afirma. De su infancia, recuerda a su papá deslomándose para llevar plata a la casa. Durante el día trabajaba en la municipalidad y por la tarde y los fines de semana hacía tareas de albañilería. Francisco arrancó a los 9 años a alcanzarle los baldes de cemento y, a los 13, ya salía a trabajar con la cuchara en las construcciones. “Cuando veníamos de trabajar con mi viejo en invierno veía que en la canchita de al lado de mi casa había un montón de nenes y yo venía de trabajar mojado hasta acá [hace un gesto con la mano por arriba de la cabeza]. Mi viejo y mi vieja estaban orgullosos porque en ese momento yo iba para ayudar a la familia. Todos necesitamos tener nuestra infancia y yo perdí eso. Después de un par de separaciones de mis viejos, por ahí yo pensaba que no me afectaban y me afectaron. Me dañaron cosas que no dije en ese momento y se convirtieron en una nafta para otra cosa”, cuenta, y se le quiebra la voz. La nafta, en el sentido literal, la empezó a inhalar a los 14 años para evadirse del mundo. Dejó la escuela en noveno grado. Después vinieron el alcohol y la marihuana. A los 16 años, probó la cocaína y ya no hubo vuelta atrás. “Llegó el punto de que ninguna anestesia tapaba el gran dolor que tenía. Me quise matar muchas veces tomando, consumiendo cocaína y no lo pude lograr”, agrega. -¿A qué edad sentís que empezaste a perder un poco el rumbo? -Y… a los 14 años más o menos. Busqué gente que era más grande que yo, que ya conocían otro tipo de cosas y me atrapó. Hubo cosas que adentro mío se removieron y necesitaba un abrazo, un "te amo hijo" y por ahí lo busqué en lugares equivocados, tomé malas decisiones. -¿Es muy común que los chicos empiecen a consumir tan chicos? -Es que cuando uno no tiene la posibilidad de decir las cosas, de hablar desde el corazón, caés en la adicción. Los chicos viven robando, viven haciendo acciones delictivas porque así van a pertenecer a una jerga. -¿En qué momento entró el delito en tu vida? -De pibito, ya tomando malas decisiones. Después caí en el consumo bien fuerte de la cocaína. Cuando no funcionaba como pareja, me decía que era una recaída pero era la frustración de verme como mi viejo porque otra vez la familia se iba a quedar sin el padre. Mi mujer no se merecía ese marido que venía drogado de trabajar y ya una vez me había visto a punto de morirme con una sobredosis.
Parte de la escoria
Llegó a la cárcel con miedo. Cayó por venta de estupefacientes. Estuvo un tiempo en la misma, drogándose, sintiéndose parte de la escoria, queriéndose morir. “Fue un momento de una tristeza enorme, de tocar fondo y de sentir que me iba a quedar ahí para toda la vida”, dice. Las primeras veces que lo vio a Martín Herrero, el fundador de El Pase, le pareció que era un hombre con “carita de bueno”. Una vez por semana, él entraba al penal con dos bolsas de facturas y Francisco no se interesó porque lo veía como una debilidad ir a exponer sus cosas con los otros. Pero después vio que los que salían a El Pase volvían felices, vio una transformación en ellos que también quiso para él. Cuando lo pasaron al régimen abierto (los internos viven en unas casas para diez personas) ya había empezado a ir a la escuela y a dejar las drogas. Un día, se animó a ir a una charla con Martín y se empezó a contagiar de su energía. “Juani, un compañero, me enseñó a coser una pelota y cuando pude hacer la mía fue un paso agigantado. Y cuando vino Martín a la siguiente charla fui corriendo a mostrarle que había hecho una pelota, él la dejó al costado y me preguntó: "¿Y vos cómo estás?" Y yo no quería navegar en ese mar”, recuerda. Tuvieron que pasar tres encuentros más hasta que pudieron ir más profundo. “Él tocó una parte dentro mío, vio algo ahí en mí que me emociona porque sentí en su cara que alguien volvió a quererme”. Mientras está terminando de estampar el logo de El Pase en una pelota, Martín pasa por detrás y hace como que se fija si está bien. Ambos se ríen y se quedan charlando un rato. “Qué suerte que Francisco pasó por El Pase porque hoy tiene muchas más herramientas para sobrevivir en libertad. Yo veo que Francisco está en un proceso de transformación y que todo el tiempo está buscando hacer un dibujo de él perfecto. Hoy se mira a él de otra manera. Le tengo una fe tremenda”, dice Martín.
Aprender en la cárcel
Son las seis de la tarde y Francisco se apura con el resto de sus compañeros de El Pase para llegar a la garita a tiempo. Entregan su DNI en la entrada de la Unidad Penitenciaria N° 20, lo requisan, va a enfermería y después ya está libre para dirigirse a “la casita”, como la llaman ellos. Es una construcción de material, pintado con un rosa viejo, tiene techo de chapa, una pequeña galería, una cocina, un comedor, dos cuartos y un baño. Se nota que lo pintaron hace poco y que está bien mantenido. Es el referente de ese lugar y Francisco cuenta que entre todos se organizan para hacer las tareas, que a él le gusta impulsar una gestión comunitaria. “Acá todo es a voluntad. Todos somos compañeros. Se levanta uno y limpia, al rato se levanta el otro y ayuda con la cocina. Yo no les tengo que andar diciendo ‘hagamos esto, vos hacés esto’, cada uno lo hace para que vivamos bien. Hace unos meses yo conseguí la pintura, otros fueron lijando, otros iban pintando todo afuera, y así quedó nuevita la casa con pintura que nos regalaron”, relata apoyado sobre la que es su cama. En el comedor, algunos de sus compañeros y otros que viven en otra “casita” están jugando al truco. Uno pone el agua para hacer unos mates. De los diez que viven con él, casi todos trabajan: algunos en El Pase, otros en el depósito de la cárcel, otros cocinando, otros bajando la fruta, la verdura y la carne de los camiones, otros en el basurero. Además, tienen cancha de fútbol, cancha de bochas y gimnasio para pasar el tiempo libre. Las visitas pueden entrar una vez por semana. “Muchos dicen que en la cárcel se aprende todo lo malo, pero también uno aprende lo que quiere. Yo estoy con salidas transitorias desde diciembre. Fue espectacular, cuando vas y ves a tu familia es como un tubo de oxígeno”, expresa. -¿Cómo fue el reencuentro con tus hijos? -Muy lindo. Tengo seis. Hay algunos que todavía no los he podido ver porque hay algunos inconvenientes que ojalá Dios quiera que en algún momento se puedan resolver. Tanto su madre como el entorno de su familia siempre vieron una parte mía que no fue buena y los entiendo. Por eso trato de remediarlo. -¿Qué es lo más difícil de estar preso? -En estos cuatro años encerrado he pasado por millones de tristezas, me he perdido sus cumpleaños, cuando ellos iban por primera vez a la escuela, cuando iban a una fiestita de fin de año. Y lo sufrí. Sé que el día que me vean, ellos van a estar bien si yo estoy bien.
Prepararse para la libertad. De lunes a sábado, Francisco sale del penal y se sube a una bicicleta para pedalear los 10 kilómetros hasta El Pase, donde además de hacer pelotas, de a poco, construye su futuro; está alojado en el régimen abierto de la Unidad Penitenciaria N° 20 de Trenque Lauquen y eso implica que comparte una casa con otros nueve internos
“Muchos dicen que en la cárcel se aprende todo lo malo, pero también uno aprende lo que quiere. Yo no sabía quién era. Hoy me estoy conociendo y soy hermoso. Hoy el pedir disculpas me sana cada vez más”
Francisco Giménez, integrante de El Pase
El poder del amor y la palabra
En un momento de su vida, Francisco sintió que su destino era la cárcel o la muerte. Allá fue, a la cárcel, y ahí sigue. En el medio, encontró a El Pase y sucedió una metamorfosis inesperada para él. “Hoy creo que sobreviví, que reviví, que me saqué el techo que tenía porque siempre me limité. En este lugar me han dado una gran ayuda, Martín es un ángel que tiene esa paciencia, ese amor al tratarme, al hacerme ver alguna equivocación que tengo, al no tirar nada de las cosas que me duelen y que encenderían llamas en mí”, dice conmovido. Guillermo también es empleado de El Pase. Estuvo alojado en la Unidad 17 y ahora se encuentra en la Unidad 20. Empezó a ir a la escuela y distintos cursos. Alguien lo invitó a una charla de El Pase y fue. Al principio lo que quería era salir de la celda. Después de un par de conversaciones con Martín que le abrieron la cabeza, descubrió que quería empezar a cambiar. Lo pasaron al régimen abierto y Martín lo seleccionó para arrancar en la fábrica de pelotas. “Acá estoy aprendiendo a conocerme, a quererme más, a tener más confianza en mí mismo”, cuenta. A Francisco lo conoció hace dos años y vio cómo El Pase lo convirtió en una persona más feliz. Quiso lo mismo para él. “A veces es un hermano. Es un pibe muy enérgico y divertido. Tiene muchas cosas buenas. Hemos hablado de cosas muy privadas y eso te quiebra. Me emociono porque compartimos muchas cosas lindas. Él ha cambiado mucho porque se nota que ahora te escucha, se frena, te da el lugar para decirle cosas y toma buenas decisiones”, afirma Guillermo. La palabra se hizo carne. Sus esfuerzos, de a poco, empezaron a dar sus frutos: a fin de año, le van a dar su título secundario. Se lo había propuesto para llevárselo como trofeo a su madre, para que ella tuviera algún logro suyo y en el proceso se dio cuenta de que el logro iba a ser para él. “Voy muy bien, llevo buenas notas. Martín es un superhéroe. Él me acompañó al primer día de la secundaria. Y me acompañó como un papá. Me dio un beso a la entrada y me dijo que me portara bien. Y creyó en mí”, dice. -¿Qué te acordás del primer día que saliste a El Pase? -Fue en junio. Hacía 3 años y medio que estaba encerrado, quería salir, respirar ese aire. Tengo el video todavía del primer día cuando veníamos con los chicos allá y mi sonrisa era explotada de felicidad. De a poco me fui dando cuenta de que el responsable de estar en este lugar era yo. Me empezaba a hacer cargo de mis errores. Hoy sé dónde no quiero estar, dónde no quisiera estar nunca más. Y eso es un gran aprendizaje. Cada mañana, Luci, un compañero de El Pase que no está privado de su libertad, pero se encuentra en una situación de vulnerabilidad y tiene una discapacidad, los está esperando con un mate. “Ese recibimiento, ya te cambia un poco. Lo más lindo que sucede acá adentro es poder hablar de ser a ser, lo que no sucede en la calle. Tenemos que dejar de pensar que es una debilidad que uno llore o que exprese lo que siente. Siempre me costó decir la verdad. Eso es otra prisión. Hoy no cargo más con esa mochila. Otra cosa que aprendí fue a gestionar mis emociones”, comparte. Durante el día, en cada costura que va haciendo, Francisco va cosiendo un pedacito de su vida. Siente que la droga cada vez está más lejos porque ya no la necesita. Lo que está cerca es la libertad y lo que más quiere es que la gente con la que se va a reencontrar vea su cambio y lo consideren una persona íntegra. “No sabía quién era. Hoy me estoy conociendo y gracias a Dios que me conocí, porque soy hermoso”, dice entre risas. Y agrega: “Si en algún momento alguien sintió que hice mal en algo, pido disculpas. Antes tenía el ego tan arriba que pensaba que pedir disculpas era de cobarde. Hoy el pedir disculpas me sana cada vez más”.
Romper la cárcel interior para cambiar de vida .
Francisco Jiménez está cumpliendo su condena en la Unidad 20 de Trenque Lauquen. Ahí tocó fondo y entendió que tenía que reparar la sensación de fracaso que lo había acompañado durante su vida. Retomó sus estudios, se hizo cargo de sus malas decisiones, está por terminar la secundaria, trabaja en la cooperativa de El Pase y solo quiere salir para que su entorno vea que cambió.
Cómo colaborar:
Las personas que quieran colaborar para la construcción de un nuevo predio de El Pase pueden donar al alias elpase o comunicarse con Martín Herrero al +54 9 2392 49-4528
CON EL APOYO DE
Créditos
- Edición visual Andrea Platón @aplaton
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Source: La Nación · Micaela Urdinez
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