BRASILIA.- En el Palacio del Planalto, la noche electoral del martes pasado en Estados Unidos dejó una sensación de alivio. La victoria demócrata en las elecciones de medio término, que le dio a la oposición el control de ambas cámaras del Congreso, llegó apenas diez días después de que el presidente Luiz Inacio Lula da Silva derrotara al senador Flavio Bolsonaro en el balotaje del 25 de octubre. En Brasilia, la combinación de los dos resultados se lee como el cierre de un ciclo.
La interpretación en el entorno de Lula es que la ofensiva del presidente estadounidense, Donald Trump, contra Brasil, del tarifazo a las sanciones contra funcionarios, tenía un horizonte electoral: “La perspectiva de invertir en un cambio de régimen en Brasil que llevara al principal país de la región a un realineamiento dócil con Estados Unidos”, explicó esta semana un asesor internacional del Planalto, que pidió reserva de su nombre. Con Lula reelegido, esa apuesta perdió sentido.
Lo que se abre ahora, según el asesor, es “una ventana de oportunidad para la normalización pragmática de la relación entre Brasil y Estados Unidos”. No una alianza: el gobierno da por descontado que seguirá habiendo diferencias en la ONU, sobre la guerra con Irán, el clima o la regulación de las big techs. La novedad es el Congreso, que en el Planalto esperan que deje de amplificar la línea de la Casa Blanca y pase a funcionar como un freno. “A partir de ahora vamos a tener un fuerte aliado en las instituciones norteamericanas”, resumió.
El politólogo Marco Antonio Teixeira, de la Fundación Getulio Vargas (FGV), considera que esa normalización es “una lectura posible”, sobre todo después del revés de Trump en las urnas. “Perdió las elecciones con un programa de gobierno que fue derrotado”, dijo a LA NACION. A su juicio, el Congreso demócrata “actúa como un contrapeso”: aunque Trump intente llevar las disputas a la Justicia, “ha perdido varios embates”. Y el propio Trump tiene motivos para moderarse, porque necesita contener la inflación: “La espiral inflacionaria no resiste la elevación o el mantenimiento de aranceles”.
La derrota republicana también le quita al bolsonarismo una plataforma en Washington. Además del Departamento de Estado, contaba con un puñado de legisladores republicanos que funcionaban como sus voceros. En el gobierno anticipan que ese espacio pasará a manos de quienes quieren investigar a la administración Trump, empezando por el rastro del dinero de Dark Horse, la película sobre Jair Bolsonaro, por la que la Justicia brasileña investiga un pago de unos 60 millones de reales del banquero Daniel Vorcaro que terminó en los Estados Unidos.
Otro foco es la huida de Flavio Bolsonaro de Brasil, después de que la Justicia le ordenara entregar sus pasaportes. Según The New York Times, el avión que lo llevó a Miami fue gestionado por un funcionario de la Casa Blanca y su ingreso fue autorizado por Trump. En el camino, el hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro (2019-2022) pasó por Ecuador y por la Argentina, donde de acuerdo con el mismo diario lo recibió en el aeropuerto uno de los principales asesores de Javier Milei. En una entrevista con ese diario, Flavio sostuvo que “no hubo ayuda de absolutamente nadie, de ningún gobierno”. Y agregó que se llevará “a la tumba” las circunstancias de la huida.
Flavio, que niega irregularidades, podrá quedarse al menos un año en Estados Unidos con un estatus migratorio humanitario, y su hermano Eduardo tiene residencia permanente en Texas, cuya gobernación acaban de ganar los demócratas. En Brasilia no esperan que eso cambie en el corto plazo. Para Teixeira, de todos modos, Trump tendrá “preocupaciones mucho más urgentes que dar protección a la familia Bolsonaro”.
El avance más inmediato entre Brasil y Estados Unidos podría darse en el terreno diplomático. La escalada entre los países derivó este año en lo que en el gobierno llaman una “guerra fría de visas”. Brasil negó visas a dos funcionarios del Departamento de Estado y dejó en suspenso el beneplácito para Daniel Perez, el embajador que Trump designó en junio para Brasilia y que el Senado norteamericano confirmó en agosto. Washington respondió revocando la visa de la embajadora brasileña, Maria Luiza Viotti.
En el Planalto habían dejado trascender que la respuesta sobre Perez llegaría después de las elecciones. Ahora, si no surge nada que lo desaconseje, recibiría el beneplácito, aunque sigue pendiente qué pasará con Viotti. Brasilia cree que la disputa puede terminar con un gesto mínimo: que Washington deje de cuestionar la elección y reconozca a Lula como presidente electo. Hasta ahora, Trump se limitó a decir que los comicios parecían “extraños”.
La primera prueba sería el encuentro que el secretario de Estado, Marco Rubio, y el canciller Mauro Vieira tendrán la semana próxima en Francia, en el marco del G7. El mensaje de Brasil, según el asesor, será directo: “Se terminó, ganamos. ¿Qué quieren ahora?”. Hay puntos pendientes concretos: en la negociación por el tarifazo, Washington había quedado en enviar, pasadas las elecciones brasileñas, el borrador de un posible acuerdo comercial, que todavía no llegó.
Más incertidumbre genera lo que Trump hará a partir de ahora en América Latina. En el Planalto evalúan que un escenario podría ser la búsqueda de victorias simbólicas para recuperar el voto latino de cara a 2028. Eso podría apuntar a Venezuela, con una eventual elección para desplazar lo que queda del chavismo; a Cuba, de fuerte peso electoral en Florida, o a Nicaragua, aislada en la región. Teixeira ve lo contrario. Con Irán entre los motores de la derrota, Trump “va a tener que cambiar ese intervencionismo por el diálogo”.
La renuncia de Santiago Peña en Paraguay, el jueves, en medio del colapso del Ueno Bank y ante un juicio político, se sigue de cerca en Brasilia. Para el asesor, el gobierno de Peña reunía “la receta completa del alineamiento con Washington”. Pero su caída responde sobre todo a una crisis interna. Teixeira recordó que Peña, “notorio aliado de Trump”, negociaba con Estados Unidos a espaldas del Mercosur. Brasil, que comparte Itaipú y tiene una enorme comunidad en el país vecino, no espera cambios en la relación bilateral; su prioridad es que la crisis no derive en inestabilidad.
Más que un giro ideológico, en el Planalto ven un desgaste de los oficialismos, que hoy en la región son en su mayoría gobiernos de derecha cercanos a Washington. Lo que sí esperan es que gobiernos como los de José Antonio Kast, en Chile, o Daniel Noboa, en Ecuador, hayan tomado nota: “No sirve de nada hostilizar a Brasil gratuitamente”, sintetiza un colaborador de Lula.
Por Marcelo Silva de SousaSource: La Nación · Marcelo Silva de Sousa
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