A propósito del reciente Día de la Madre, aprovecho para resaltar el valor de ese primer vínculo para la vida futura de todo ser humano. Donald Winnicott, psiquiatra y psicoanalista inglés, nos enseñó que el niño se ve reflejado y empieza a conocerse y reconocerse en la cara de la madre. Cuando el bebé mira el rostro de su mamá, se ve a sí mismo.
Es decir, que ella le devuelve reflejado su propio estado emocional, su gesto espontáneo y su existencia. ¡Qué enorme responsabilidad, y al mismo tiempo qué gran oportunidad! Ella lo atiende, lo alimenta cuando tiene hambre, lo mima, lo cobija, lo abriga, lo pone a dormir cuando está cansado, lo entiende -o no-, mientras pone palabras a todo eso que va ocurriendo entre ellos. A veces solo las piensa y otras se las va relatando a su bebé, quien quizás no entienda sus palabras, pero sí los tonos, los gestos, las caras. Y esto ocurre no solo con la mamá, sino también con el papá y otros cuidadores de ese bebé.
Por suerte, las investigaciones confirman que podemos equivocarnos unas cuantas veces en nuestras interpretaciones y acciones; alcanza, en palabras de Winnicott, con que seamos “suficientemente buenos”. Es que son tantas las interacciones con un bebé cada día, que seguramente sean suficientes aquellas que lo ayudan para que pueda sentirse entendido y empiece a entenderse y a confiar en lo que el entorno le ofrece y su mundo interno le señala.
Y en las sucesivas experiencias e intercambios, las mamás y/o otros adultos nos vamos configurando como figuras de apego para nuestros hijos, dándoles confianza y seguridad: ellos nos dan por sentados, y esto les permite divertirse, jugar, aprender, socializar, incluso descansar tranquilos de que hay alguien que se ocupa de las cuestiones de su supervivencia. No necesitan estar a la defensiva, ni controlar o vigilar, y pueden usar toda su atención y su energía para crecer.
La figura de apego se constituye así en una base segura desde la que los bebés y niños salen a conocer el entorno y también en un puerto seguro al que pueden volver a descansar, a recuperarse, a pedir ayuda o consuelo o a celebrar.
Al crecer, ya no es mamá, o no solo mamá, pero todos seguimos necesitando y buscando personas que funcionen para nosotros como figuras de apego. Probablemente no sea una sola, sino varias para distintos aspectos de nuestra vida: yo hoy recurro a mi marido cuando tengo dificultades técnicas, a mis hijos en las tecnológicas, a una colega en las profesionales. Es maravilloso saber que no estamos solos, que tenemos una red de sostén, de contención, y es para toda la vida ya que las investigaciones dicen que un buen predictor para una vida larga es tener con quién hablar y a quién llamar cuando tenemos dificultades.
Durante los primeros años, la confianza en que va a haber alguien ahí para nosotros nos permite, al crecer, seguir buscando relaciones que nos acompañen, escuchen, sostengan, consuelen. Pero… si no lo tuvimos en la infancia, tampoco vamos a poder buscarlos ni tenerlos al crecer, porque no sabemos que existen, o vamos a pedir demasiado a personas que no nos pueden ofrecer aquello que nos faltó en la infancia, y eso es fuente de muchos desencuentros y sufrimiento, especialmente cuando se lo pedimos a nuestra pareja.
Es maravilloso durante toda la vida contar con diferentes figuras de apego, pero es esencial durante los primeros dos años de vida, período en el que el cerebro y las conexiones neuronales se desarrollan más aceleradamente, se empobrecen al estar a la defensiva y, en cambio, se enriquecen cuando mamá y otras figuras de apego están presentes y disponibles. A esto se suma que el cerebro aprende de las experiencias vividas y se prepara para el futuro desde el embarazo. El bebé desde la panza se forma para un mundo satisfactorio o para las carencias.
Como poéticamente expresa Naguib Mahfuz, premio Nobel de Literatura en 1988: “Tu hogar no es donde naciste, sino donde tus intentos de escapar cesan.”
Es esencial que lo sepamos y así podamos acompañar a madres y bebés durante los primeros mil días (desde el embarazo hasta los dos años de sus hijos), de modo que todas las mamás se sientan seguras, estén bien alimentadas y tranquilas, tengan una red de sostén para poder ofrecer a sus bebés. Esa base segura, esa mirada enamorada que tanto necesitan los hijos para desplegar sus identidades, madurar y prepararse para la vida. El costo de no hacerlo es muy alto, no solo para el bebé y su familia, sino para toda la comunidad.
Source: La Nación · Maritchu Seitún
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