Vivimos en una época en la que casi todo sucede en tiempo real. Podemos seguir una compra desde que sale de un depósito hasta que llega a nuestra puerta, saber cuándo se acredita una transferencia o acceder a información actualizada sobre casi cualquier aspecto de nuestra vida. Nos acostumbramos a tener respuestas rápidas y las exigimos; toleramos cada vez menos la incertidumbre.

Al volver a casa nos pasa algo curioso. Entramos al edificio, uno de los lugares más importantes de nuestra vida y pareciera que retrocedemos algunos años en el tiempo.

Un grupo de vecinos en plena reunión de consorcio

En los consorcios seguimos conviviendo con situaciones que difícilmente aceptaríamos en otros ámbitos: no sabemos cuándo se resolverá una reparación o no comprendemos del todo cómo se tomó una decisión que impacta directamente sobre el lugar donde vivimos. No se trata de un tema menor: tres de cada cuatro porteños viven en edificios. Estamos hablando de nuestro hogar, pero también de uno de los principales activos patrimoniales de millones de personas.

El impacto de la IA

Quizás por eso la conversación sobre inteligencia artificial resulta especialmente interesante cuando se la observa desde la vida en comunidad en un consorcio.

Antes de preguntarnos qué tan inteligentes pueden llegar a ser las máquinas, vale la pena preguntarnos qué entendemos por inteligencia cuando hablamos de edificios. Porque la inteligencia real en un consorcio tiene menos que ver con la velocidad y más con la capacidad de comprender lo que está ocurriendo antes de que aparezcan los problemas. Aparece cuando una comunidad logra anticiparse, cuando hay confianza y la información circula con claridad.

Durante años, muchas de las señales necesarias para construir esa inteligencia estuvieron dispersas. Un reclamo en un mail, una observación en una asamblea, una factura archivada entre cientos de documentos o una serie de consultas que parecían no tener relación entre sí.

Hoy los sistemas con inteligencia artificial ya pueden cargar facturas, asistir conciliaciones bancarias y redactar comunicadosShutterstock

La tecnología ayudó a dar el gran paso: los sistemas de gestión permitieron ordenar documentos, centralizar procesos y mejorar la comunicación. Fue un avance importante porque transformó información dispersa en información disponible. La novedad es que ahora la tecnología también empieza a ayudarnos a comprender lo que esa información significa.

Hoy los sistemas con inteligencia artificial ya pueden cargar facturas, asistir conciliaciones bancarias y redactar comunicados. Tareas que durante años consumieron tiempo silencioso de las administraciones, con alto margen de error, hoy se automatizan. Lo más interesante es que esta transformación recién comienza.

Lo que viene

En los próximos años veremos sistemas capaces de advertir qué mantenimiento conviene realizar antes de que aparezca una falla costosa, detectar consumos fuera de lo habitual, identificar problemas que se repiten o ayudar a comprender con mayor precisión cómo determinadas decisiones pueden impactar sobre las finanzas y la conservación del edificio. Muchas de esas tareas seguirán requiriendo supervisión humana, pero estarán acompañadas por una capacidad de análisis que hasta hace poco parecía difícil de imaginar.

Los consorcios tienen algo particular: nada importante se decide en soledad. Las obras, los mantenimientos, las inversiones y muchas de las decisiones que impactan en la vida cotidiana requieren acuerdos entre personas que no siempre piensan igual.

La inteligencia artificial podrá aportar contexto y análisis, pero el desafío que implica decidir seguirá siendo humano. Ninguna tecnología puede definir qué es importante para una comunidad. Los edificios seguirán necesitando criterio y un rumbo claro. Quizás ahí aparezca el aporte más valioso de esta nueva etapa: ayudarnos a comprender mejor lo que ocurre para actuar antes, cuidar mejor nuestro hogar y preservar el valor del patrimonio que compartimos todos los días.

El autor es director de ConsorcioAbierto

Por Albano Laiuppa

Source: La Nación · Albano Laiuppa

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